Las primeras luces del amanecer se filtraban a través de las cortinas raídas de un pequeño apartamento en los suburbios de la ciudad. El joven Adrián, apenas un niño de nueve años, se encontraba sentado en el borde de una cama destartalada, observando a su madre, Marta, quien respiraba con dificultad. Desde hacía días, ella no podía levantarse, y su semblante pálido y demacrado delataba la gravedad de su condición.
Marta había sido una mujer hermosa en otro tiempo, con una energía vibrante que