El zumbido de la Plataforma Omega no era el de una maquinaria común; era un quejido estructural, un lamento metálico que subía desde los pilares anclados a miles de metros de profundidad. Harlan Vane se acercó a la pared de cristal, donde el océano golpeaba con una furia ciega, pero su atención estaba fija en los manómetros que parpadeaban en rojo carmesí.
—Míralo, Marta —dijo Vane, señalando la pantalla central—. No es petróleo lo que extraemos. Es el fluido cerebroespinal del mundo.
En el mon