La terraza del Hotel Magnífico, antes un refugio de brisa nocturna, se había transformado en la escena de un crimen silencioso. Liam observaba el pequeño atomizador que Marcus sostenía con manos temblorosas. El aroma químico —un derivado potente del sevoflurano— todavía flotaba en el aire, burlándose de su promesa de protección.
—¡Revisa las cámaras del estacionamiento ahora! —rugió Liam, y su voz no era la del asistente sumiso, sino la del hombre que una vez dominó la ciudad con puño de hierro