El día había transcurrido con una normalidad engañosa. Liam, cumpliendo su palabra, había confiscado una mesa auxiliar en mi despacho de la Torre Klein. Verlo lidiar con hojas de cálculo y llamadas de seguimiento, sin la arrogancia de su antiguo título, me provocaba una mezcla de ternura y admiración. Había renunciado a todo por mí ante el Consejo de Ancianos, y yo, poco a poco, estaba renunciando a mi armadura de hielo por él.
Pero la noche traía consigo la Gala Benéfica del Hospital de Niños,