El estruendo de los neumáticos contra la grava anunció la llegada del León. La puerta del almacén cedió ante un impacto seco, y la silueta de Liam Klein se recortó contra la luz de los faros de su coche. Entró solo, tal como Sebastian había previsto, con la respiración agitada y la camisa blanca manchada de aceite y sudor. No traía un arma; traía una furia gélida que hizo que Elena retrocediera un paso, soltando el cigarrillo que aún humeaba en sus dedos.
—Suéltala, Sebastian —la voz de Liam no