El silencio en el ático de la Torre Klein era más pesado que cualquier grito. Marta no había dicho una sola palabra desde que bajó del coche tras el rescate. El aroma a pólvora y humedad del almacén todavía se aferraba a su ropa, pero era el peso de la traición de los Klein lo que realmente la estaba asfixiando.
Liam caminaba de un lado a otro en la sala, con las manos temblorosas. Cada vez que intentaba acercarse, Marta retrocedía, como si el contacto con un Klein fuera ahora un veneno físico.