El silencio en el ático de la Torre Klein era distinto esa noche. No era el silencio tenso de los contratos, ni el vacío de la soledad; era un silencio cargado de palabras no dichas y de una gratitud que Liam no sabía cómo expresar. Las luces de la ciudad centelleaban tras el cristal, recordándonos que, aunque habíamos ganado la batalla contra Sebastian, la guerra por la verdad apenas comenzaba.
Me quité los tacones y caminé descalza por la alfombra de felpa, sintiendo el frío del mármol en mis