La oscuridad no era negra, era un gris estático que zumbaba con la frecuencia de un televisor sin señal. De repente, el vacío se fracturó y el suelo bajo mis pies se materializó en adoquines húmedos que reflejaban la luz dorada de las farolas. El aire ya no olía a ozono y circuitos quemados, sino a especias, a café turco y al salitre del Bósforo. Me encontraba en una versión onírica de Estambul, la ciudad donde mi contrato con Liam Klein dejó de ser un negocio para convertirse en una condena de