La puerta reforzada de la suite se abrió sin que el panel biométrico emitiera un solo pitido. Por el umbral entró una figura delgada, vestida con una gabardina técnica que parecía absorber la luz ambiental. No traía armas, solo un maletín de cromo pulido y una mirada que atravesaba la realidad como un escalpelo. Era Elias Vance —aunque el apellido era una ironía genética—, conocido en los bajos fondos de Singapur como "El Alquimista".
Liam se interpuso entre él y el sofá donde yo yacía, con la