La mano de Saimon en su barbilla descendió, rodeándole la nuca, sus dedos se abrieron, apoyándose en la piel caliente, el pulgar rozando, apenas, la línea del maxilar, no lo apretó con fuerza, simplemente lo sostuvo, impidiéndole de esta forma retroceder por reflejo.
Entonces el beso, que al principio había sido un toque corto, d pronto se prolongó, Saimon no se apartó, aunque podría haberlo hecho, debería haberlo hecho, bastaba con inclinarse hacia atrás, soltarle la nuca, acompañar el gesto c