El Maserati se detuvo frente a los portones de hierro forjado que custodiaban la Mansión Montenegro, una construcción imponente que parecía arrancada de un sueño barroco y plantada en medio de los jardines más perfectos de Puerto Esmeralda. Columnas de mármol, balcones adornados con bugambilias, ventanales que reflejaban el cielo como espejos. Todo respiraba lujo, poder… y un silencio que imponía respeto.
Greeicy bajó del auto con una lentitud calculada, sus botas negras contrastando con el emp