Mientras tanto, el coche avanzaba sin detenerse. Las luces de la ciudad comenzaban a encenderse, pintando la avenida de destellos rojos y amarillos. El rugido del motor sonaba como un monstruo desbocado.
Greeicy intentó maniobrar, girando con cuidado para evitar chocar. Cada curva era un suplicio.
—¡Greeicy, escúchame! —la voz de Dylan sonaba fuerte por el altavoz del teléfono—. Trata de poner el freno de mano, despacio, no de golpe.
Ella obedeció. Jaló el freno de mano poco a poco. El auto rec