El fin de semana amaneció con un aire engañosamente sereno. La ciudad brillaba bajo el sol, los árboles ondeaban suavemente en las avenidas, y el murmullo de los autos mezclado con el canto lejano de pájaros daba la sensación de una rutina inquebrantable. Todos creían que Amalia, la mujer que había desatado tanto dolor, seguía oculta en algún rincón oscuro, tramando en silencio. Nadie sospechaba que aquel día daría su primer golpe, uno que haría temblar los cimientos de todos.
Greeicy ajustó el