En el hospital, el aire estaba cargado de murmullos, pasos apresurados y el pitido constante de los monitores que se mezclaban con el retumbar de corazones angustiados. Dylan caminaba de un lado a otro en la sala de urgencias, con las manos sobre el rostro, intentando contener las lágrimas que amenazaban con desbordarlo. Cada minuto se sentía como una eternidad.
Juana estaba calmada al ver que si hija estaba bien, aunque seguía preocupada por velanetina. Aníbal y Elías, no perdieron tiempo y de