El amanecer se filtraba tímido por los ventanales de la mansión Suárez.
Greta bajó la escalera con el ceño fruncido, la bata de seda mal ajustada y el cabello aún desordenado. Sus tacones resonaban en el eco del salón, pero lo que más le llamaba la atención era el detalle innegable: la puerta de la habitación de su madre seguía cerrada, pero vacía. Había entrado de madrugada y el cuarto estaba impecable, sin rastro de su madre.
Greta se dirigió al despacho, donde Aníbal, con la camisa aún sin a