Al llegar al edificio donde vivía su amante, Amalia notó que la puerta del apartamento estaba entreabierta, una luz se filtraba por la rendija. Subió por la escalera con una mezcla de calma fingida y vértigo. En el pasillo, el olor a perfume barato y a alcohol flotaba como una sombra que anunciaba la verdad: él no era un santo, pero siempre había sido un recurso.
Abrió la puerta y entró sin llamar. El apartamento estaba en penumbras; el hombre, apoyado en la barra de la cocina con una copa a me