La mañana había amanecido gris, como si el cielo presintiera la tormenta que se avecinaba. La mansión de los Montenegro, solemne y silenciosa, guardaba en sus muros los ecos de una tensión contenida. Aníbal bajó lentamente las escaleras de mármol, con la corbata floja y el rostro endurecido. Había pasado la noche en vela, y en sus ojos se dibujaba esa mezcla de cansancio y decisión que precede a un acto irreversible.
Al entrar en el salón principal, encontró a Amalia sentada en uno de los sofás