La señora Elena Montenegro, matriarca indiscutible, apareció en la entrada como una reina que no necesitaba corona. El sonido de sus tacones sobre el mármol resonó como un compás de autoridad. Traje sastre en tonos marfil, el corte impecable que resaltaba su porte erguido; un collar de perlas que descansaba sobre su cuello como si hubieran sido hechas exclusivamente para ella; y esa mirada escrutadora que hacía temblar a medio mundo corporativo, capaz de desnudar intenciones con un solo