La fiesta seguía vibrando con la energía casi caótica de la “hora loca” improvisada. Las serpentinas colgaban de las lámparas como lianas doradas, los globos rodaban por el suelo y el eco de los tambores mezclado con la música electrónica retumbaba en el pecho de los presentes. El aire estaba impregnado de perfume caro, champagne recién abierto y el dulzor de los postres que los meseros aún repartían entre la multitud.
En el centro de la pista, Valentina se había convertido en la estrella indis