Mientras tanto en la mansión. Paris lo miró con los ojos humedecidos, pero dentro de ellos algo más se agitaba, algo antiguo que aún no tenía voz. —Aiden, siento que debo estar a tu lado. No sé por qué, pero lo siento en mi alma. Él se negó despacio. —No, Paris. Jamás permitiré que una mujer como tú se involucre en estos asuntos. No después de lo que ocurrió.
—¿Después de qué? —preguntó ella, con un tono apenas audible.
Aiden la miró, dudando. —Porque en mi pasado más reciente hubo una loba plateada maldita por la luna. Mis sospechas son ciertas, ella podría ser la causa del nuevo desastre que está por comenzar.
Paris no respondió de inmediato. El silencio se deslizó entre ellos como una criatura viva, espesa, antigua. La chimenea crepitaba, pero su luz ya no parecía suficiente para espantar la sombra que comenzaba a instalarse en la sala de la mansión.
Aiden no lo percibió. No vio cómo la respiración de Paris se acompasaba a un ritmo que no le pertenecía, ni cómo, detrás de sus pupil