El bosque parecía contener la respiración cuando Samantha dio el primer paso hacia Violette. No fue un avance común. Fue un desafío.
La tierra húmeda crujió bajo sus garras mientras la noche se cerraba en torno a ellas, espesa, cargada de una energía que parecía ya no pertenecer a ese tiempo. Violette movió la cabeza, observándola con una sonrisa torcida, una de esas que no anuncian pelea sino ¡masacre!
—Eres lenta —dijo Violette con desdén—. Siempre lo han sido los que creen que la fuerza basta.
Samantha no respondió. Sabía que la primera palabra era una distracción y Violette vivía de eso.
El ataque llegó sin aviso.
No hubo desplazamiento visible, ni sonido. Solo el impacto brutal que lanzó a Samantha varios metros atrás, rompiendo ramas, arrancando corteza de los árboles como si fueran papel. El aire abandonó sus pulmones en una respiración en seco, pero no gritó. Se incorporó de inmediato, aun cuando la sangre le corría por la ceja.
Morant, apoyado contra un tronco cercano, comenz