La ciudad ya no ardía: Ahora convulsionaba.
El ataque de Elias, Sadus y Kaige reforzado por los hermanos de Scarleth, no seguía una lógica humana ni estratégica en apariencia. No se trataba solo de matar o alimentarse. Era una fractura deliberada del orden, un desgarro en la realidad que obligaba a todos los bandos a reaccionar tarde, mal o divididos.
Las calles se llenaron de gritos que no siempre provenían de gargantas humanas; los edificios vibraban con una energía antinatural, como si algo antiguo hubiera despertado bajo los cimientos de la ciudad.
Las luces se apagaban y volvían a encenderse sin explicación. Los relojes se detenían. Las cámaras de seguridad registraban sombras que no correspondían a ningún cuerpo. Las víctimas, cuando sobrevivían, hablaban de ojos rojos en la oscuridad, de risas que no eran humanas, de figuras que se desdoblaban antes de desaparecer.
Elias había sido meticuloso. Sadus, brutal. Kaige, creativo en su crueldad. Y los hermanos de Scarleth… ellos eran