En el centro del salón, Arthur Vanderbilt se puso en pie, haciendo tintinear su copa de cristal con un tenedor de plata. El silencio cayó sobre la multitud como una manta pesada. Elowen, que había logrado soltarse del agarre de los guardias bajo la promesa de irse directamente a las cocinas, se detuvo un segundo. Se escondió tras las pesadas cortinas de terciopelo que separaban el salón del pasillo de servicio, mirando por una rendija con el corazón en la garganta.
—¡Por el futuro! —exclamó Art