Mundo ficciónIniciar sesiónALEXANDER VASILAKIS
El sol de la mañana en la Ciudad de México intentaba irrumpir en el gran ventanal de mi suite, proyectando luz pálida sobre las paredes. Eran las 6:00 A.M. en punto. El café, preparado por el sistema automatizado del hotel, reposaba en mi taza de porcelana blanca. Perfectamente negro. Eficiente. Estaba de pie junto a la mesa de ébano que utilizaba como escritorio provisional durante este viaje de negocios. Sobre la superficie solo había dos elementos: mi tableta y la copia sellada del testamento de mi abuelo. Mis ojos, fríos y analíticos, desmenuzaban por enésima vez la cláusula legal que mi equipo de abogados no había logrado tumbar. La frase era tan simple como insultante: "...la totalidad de las acciones de Vasilakis Group pasará al heredero directo solo y cuando este haya contraído matrimonio, asegurando así la continuidad familiar...". Si el plazo no se cumplía antes de la junta directiva, programada dentro de tres meses aquí mismo, el imperio pasaría a Nikitas, mi primo. Él era la antítesis de la eficiencia: un hedonista incompetente incapaz de diferenciar un balance general de un menú de cócteles playeros. La sola idea de que el control de mi creación pasara a sus manos encendía una furia gélida en mi pecho. —Una variable emocional —murmuré en voz baja—. El único error en una ecuación perfecta. Mi vida entera era un algoritmo de éxito. Treinta años dedicados a corporativos y a dominar el mercado internacional. Mi mente era una máquina de precisión. Y ahora, mi futuro pendía de un maldito requisito sentimental. Dejé la taza sobre el ébano. Con la punta de dos dedos, cuidando de no contaminarme las manos, tomé mi gabardina de diseñador del sillón y la arrojé directo al bote de basura de la suite. El cerco oscuro y el persistente olor a lácteo quemado en el hombro me resultaban intolerables; un síntoma de ineficiencia pura que ayer me costó una prenda costosa y diez minutos de mi tiempo. Para mi mente, lo que se ensucia no se limpia, se descarta. Un matrimonio real no era una opción; las relaciones conllevaban dramas. Lo que yo necesitaba era un contrato. Una mujer pragmática, controlable, que no exigiera afecto ni lazos reales. El riesgo era perder el control sobre mi propio orden. A las 6:45 A.M., el señor Elías, mi asistente y asesor legal, ingresó a la suite con rostro preocupado. —Alexander —comenzó Elías con pánico—. Hemos agotado los recursos. La cláusula es férrea. Debes contraer matrimonio antes de la junta directiva o el consejo le entregará las acciones a tu primo. —Lo sé, Elías. Por eso estás aquí —respondí, mirando el Ángel de Paseo de la Reforma—. Es un problema de logística y tiempo. Necesito una esposa. Ahora. Elías asintió, acomodándose las gafas—. Podríamos contactar a las familias de nuestro círculo social, una mujer respetable que... —No —lo corté firmemente—. No tengo tiempo para cortejos. Necesito una solución temporal. Un contrato de seis meses, Elías. El tiempo suficiente para asegurar la herencia, estabilizar las acciones ante el consejo y firmar un divorcio por mutuo acuerdo. Encuentra la figura legal para blindarlo. Absoluta discreción. —Alexander, temo que eso no bastará —replicó Elías, incómodo—. El consejo y tu familia son sumamente conservadores. Debe parecer un matrimonio real. Nikitas tiene espías; si huele un arreglo, demandará fraude. La mención de mi primo me dio una punzada de irritación. —Entonces el teatro debe ser convincente, Elías. Necesitamos a una mujer que acepte mudarse conmigo, que actúe ante las cámaras y cree una fachada impecable. Dime cuáles son las exigencias. Elías sacó un dossier de su maletín—. Uno: acuerdo prenupcial sólido. Dos: compromiso público creíble. Tres: cohabitar en la misma residencia. Y cuatro: deben mostrar un pasado, una historia que justifique la prisa del matrimonio para que no parezca un montaje. Me recosté contra el escritorio. Compartir mi espacio con alguien... La sola idea de un objeto fuera de lugar en mi mansión me causó rechazo. Pero era un requisito necesario. —La historia es lo de menos, inventaremos que era una relación secreta que se aceleró —concluí de forma fría—. Búscame tres candidatas viables. El costo no importa. El coste de esta inversión será menor que el precio de perder Vasilakis Group. Trabaja en ello. Elías asintió, pero antes de cerrar su maletín, su tableta emitió un par de bips consecutivos, anunciando una oleada de notificaciones. Él miró la pantalla, soltó un bufido de incredulidad y deslizó el dispositivo sobre la mesa. —Hablando de soluciones desesperadas... Esto se acaba de volver la tendencia número uno aquí en la ciudad hace un par de horas, Alexander. Los noticieros locales de la mañana ya lo están usando como nota de color. Es increíble lo loca que está la gente en este país. Miré la pantalla con desdén. Era la fotografía de un pizarrón de anuncios público. Pegado en el centro, destacaba el reverso de una factura de luz arrugada, escrita con trazos gruesos de un labial rojo chillante. El texto de la imagen decía de forma ridícula: “SE BUSCA MARIDO. PROPÓSITO: Solución a crisis existencial y financiera. Urgente. Comuníquese a este cel. 55-XXXXXX-XX. Con F.”. El hashtag #MaridoParaLaCrisis lideraba las tendencias con miles de interacciones subiendo en tiempo real. Estuve a punto de ignorarlo, pero mis ojos se fijaron en un detalle. El anuncio estaba pegado sobre el pizarrón, sosteniéndose apenas con el borde de un volante viejo de la cafetería de ayer. Al ver la caligrafía apresurada escrita sobre el reverso de una factura de luz vencida, una sospecha cruzó mi mente. Analicé el número telefónico y la firma: "Con F.". F de Fernanda, el mismo nombre que el gerente del café había gritado histérico mientras el azúcar volaba por los aires. Era ella. La misma chica caótica que había arruinado mi gabardina horas atrás. Una sonrisa carente de diversión se dibujó en mis labios. Las candidatas de alta sociedad exigirían estatus y contratos complejos. Esta mujer, en cambio, no me conocía, no tenía expectativas sociales y estaba ahogándose en deudas. Era una persona volátil, pero el dinero la haría completamente controlable. Además, el incidente del café nos daba el "pasado accidentado" que el consejo exigiría. —Cancela la búsqueda de candidatas, Elías —ordené, tomando mi teléfono—. Acabo de encontrar a la esposa perfecta para los próximos seis meses. Marqué el número del anuncio. El teléfono timbró tres veces hasta que la línea se abrió. —¿Bueno…? —articuló al otro lado una voz femenina, notablemente pastosa y adormilada. La reconocí al instante. —¿Hablo con F.? —pregunté, asegurándose de que mi tono sonara firme y completamente corporativo. Hubo un breve silencio, seguido por el sonido de alguien enderezándose apresuradamente—. Sí, ella habla… —Mi nombre es Alexander Vasilakis —me presenté, mirando de reojo el bote de basura donde yacía la prenda arruinada—. Vi su anuncio viral en internet. Y estoy sumamente interesado en la... propuesta matrimonial. Al escuchar el sonido sordo de algo estrellándose contra el suelo al otro lado de la línea, supe que la negociación había comenzado.






