Capítulo 10. Tacos, tenis y alta costura
FERNANDA
Si alguien me hubiera dicho hace dos días que estaría arrastrando a un hermoso hombre griego de metro noventa por la acera de la Alameda Central, me habría reído en su cara. Pero ahí estábamos. Bueno, en realidad, yo avanzaba con entusiasmo y Alexander Vasilakis me seguía con la rigidez de un guardia real que acababa de ser sentenciado a convivir con la plebe.
El trayecto desde Coyoacán hasta el Palacio de Bellas Artes en la camioneta blindada había sido una tortura de silencio corpora