Capítulo 7. Choque de titanes

FERNANDA

El universo definitivamente tenía un sentido del humor retorcido y cruel. Me quedé congelada a mitad de la suite presidencial, con los ojos abiertos como platos y el aire atorado en la garganta.

No era un anciano. No era un mafioso peligroso. Era él. El mismísimo espécimen de un metro noventa, ojos grises como el granito y facciones esculpidas por los dioses antiguos que ayer por la mañana me había mirado como si yo fuera una plaga biológica. El implacable dueño de la gabardina de diseñador que mi torpeza había inundado con leche espumosa.

Alexander Vasilakis se terminó de ajustar los puños de la camisa y se giró por completo. Al verme, sus cejas perfectas se elevaron apenas un milímetro, una mínima grieta en su imperturbable máscara de frialdad. Su mirada recorrió mi saco formal y se detuvo en mis labios pintados de rojo.

—Vaya —su voz ronca resonó en el silencio de la estancia, cargada de una ironía helada—. El algoritmo del destino es sumamente peculiar. Srita. García… o debería decir, la barista más destructiva de la Ciudad de México.

El orgullo, mi eterna y desastrosa armadura, reaccionó antes de que el pánico me hiciera salir corriendo. Di dos pasos al frente, irguiendo la espalda y sosteniéndole la mirada.

—Señor Vasilakis —dije, forzando una sonrisa cortante—. Si hubiera sabido que el hombre misterioso de la voz sexy por teléfono era el cliente más arrogante e insufrible con el que me he topado en mi corta vida laboral, le juro que habría bloqueado su número de inmediato.

Elías, que seguía de pie junto a la puerta, soltó una tos ahogada, claramente horrorizado por mi falta de filtro. Alexander, en cambio, no se inmutó. Caminó hacia la mesa de ébano con una elegancia felina que me puso los pelos de punta.

—La audacia parece ser su único recurso disponible, Srita. García —respondió él, apoyando las yemas de los dedos sobre la superficie pulida—. Ayer destruyó una prenda de vestir de edición limitada y casi avería una máquina industrial. Hoy entra a mi suite y me insulta cuando estoy a punto de salvarla de la bancarrota. ¿Es este su concepto de profesionalismo?

—Mi concepto de profesionalismo incluye no mirar a las personas como si fueran basura solo porque visten un uniforme, señor —atajé, cruzando los brazos—. Lo del café fue un accidente. Lo de su actitud de ayer fue una elección. Y respecto a "salvarme"… usted no me está haciendo un favor. Usted mismo lo dijo: es un negocio. Oferta y demanda. Usted necesita una esposa falsa con urgencia para no perder su preciado imperio y yo necesito dinero. Estamos usando las debilidades del otro, no sea mártir.

Una chispa peligrosa brilló en sus ojos grises. En lugar de enfurecerse, una sonrisa milimétrica y calculadora apareció en sus labios.

—Touché —admitió con una calma que me resultó desesperante—. Es usted temperamental, caótica y carece por completo de disciplina. Una variable de altísimo riesgo para mis estándares. Sin embargo, su expediente demuestra que su nivel de desesperación económica es proporcional a su impertinencia. Elías, déjanos solos.

El director legal asintió de inmediato, dejando una carpeta de piel sobre la mesa antes de salir de la suite como si estuviera escapando de una zona de guerra.

Me quedé a solas con el griego. El aire en la suite se sentía denso, cargado de una tensión eléctrica que no sabía cómo clasificar. Alexander señaló la silla frente a la mesa.

—Siéntese. Revisemos los términos antes de que firme su sentencia.

—Prefiero quedarme de pie, gracias —respondí, firme en mi posición de batalla.

—Como prefiera —él tomó asiento, adoptando una postura de poder absoluta—. Leí sus notas en el borrador. Exige una cláusula que estipule que "no se aceptan devoluciones" una vez que el acuerdo prenupcial sea firmado. Una petición bastante desconfiada. ¿Cree que voy a retractarme?

—Creo que los hombres como usted están acostumbrados a desechar lo que ya no les sirve con solo chasquear los dedos —repliqué, dando un paso hacia la mesa—. El borrador dice que tengo que dejar mi departamento y mudarme a Atenas. Estoy renunciando a mi vida entera por este teatro. Si a los dos meses a usted se le ocurre que soy demasiado "exagerada" para su gusto y decide cancelar el contrato, yo me quedaré en la calle, en un país desconocido y sin un centavo. Así que no. Si firmo, el adelanto para mis deudas es mío, pase lo que pase. No se aceptan devoluciones.

Alexander me observó en silencio durante unos segundos que me parecieron eternos. Su mirada era analítica, como si estuviera leyendo los códigos de barras de mi alma.

—Justificable —concedió con frialdad—. Elías ya modificó el documento. El adelanto para liquidar sus tarjetas, la renta y el adeudo universitario es un fondo perdido de penalización si yo decido rescindir el contrato sin causa justificada. Pero eso nos lleva a mi cláusula innegociable: Cero Caos.

—¿A qué se refiere exactamente con eso? —arrugué el entrecejo—. En el correo decía que aplica a las áreas comunes, pero sigo sin entender por qué le teme tanto a un par de zapatos fuera de su lugar.

Alexander se inclinó hacia el frente, apoyando los codos en la mesa. Su expresión se volvió severa, casi obsesiva.

—No es temor, Srita. García. Es una necesidad estructural —explicó, con una voz que no admitía réplicas—. Mi vida se rige bajo un orden estricto. El desorden en mi entorno altera mi productividad. En mi residencia de Atenas, cada objeto tiene una coordenada exacta. Usted tendrá su propio pabellón privado donde podrá vivir en la inmundicia si así lo desea, pero en el momento en que cruce la puerta hacia las áreas comunes, el contrato exige pulcritud absoluta. Si encuentro una sola de sus pertenencias tirada en la sala, un plato sucio en la cocina fuera del horario de servicio o si llega un solo minuto tarde a un evento público, la penalización financiera será drástica. ¿Soy claro?

Apreté los puños. El hombre era un maldito robot con complejo de sargento de limpieza.

—Impecable y puntual. Entendido, General Vasilakis —ironicé, clavando mis ojos en los suyos—. Pero espero que su maravillosa estructura también incluya la cláusula de no tocarme. El teatro es solo para las cámaras y su familia. Detrás de bambalinas, usted se queda en su perfecto y ordenado espacio y yo en el mío.

—Le aseguro que mantener mis manos lejos de una mujer que es un imán viviente para los desastres no requerirá ningún esfuerzo de mi parte —respondió él, con una frialdad que me caló los huesos—. No tengo el menor interés en usted más allá del cumplimiento de este trato. Y si lo llegara a incumplir, habría una penalización de mi parte.

—Perfecto. Entonces tenemos un acuerdo de negocios.

Alexander abrió la carpeta de piel y deslizó el contrato definitivo junto a un bolígrafo de marca exclusiva.

—Firme aquí, Srita. García. A partir de este momento, usted es de mi absoluta propiedad logística durante los próximos seis meses.

Tomé el bolígrafo, sintiendo el peso de la decisión en mis dedos. Lo miré una última vez a los ojos, decidida a no dejarme pisotear por su dinero, y estampé mi nombre completo: Fernanda García.

Al dejar el bolígrafo, Alexander tomó el documento y lo cerró con un golpe seco. Esperaba que me dijera que empacara para ir al aeropuerto, pero en su lugar, se cruzó de brazos y me miró con fijeza.

—Bien. El contrato está firmado, pero la logística apenas comienza —declaró con calma—. Mi primo Nikitas no es estúpido. Si aparecemos en Atenas casados de la noche a la mañana sin un rastro digital previo, sus abogados destruirán nuestro acuerdo en el consejo. Necesitamos evidencia. Una historia de amor creíble y documentada.

—¿Evidencia? ¿A qué se refiere? —pregunté, parpadeando confundida.

—Nos quedaremos en la Ciudad de México las próximas cuarenta y ocho horas —anunció, poniéndose de pie—. Durante este lapso, usted y yo vamos a simular que somos una pareja real. Saldremos a la luz pública. Elías contratará a un fotógrafo discreto para que nos capture "infraganti" en diversos puntos de la ciudad. Mañana mismo comenzaremos un recorrido por los lugares más emblemáticos de su entorno. Quiero fotografías nuestras sonriendo, paseando y viéndonos absurdamente devotos el uno del otro, así que será mi guía también. ¡Sorpréndame, Señorita García!

Me eché a reír de pura incredulidad. ¿Yo paseando de la mano con este témpano de hielo por los rincones más coloridos y alegremente ruidosos de mi país? Ya quisiera verlo en los canales de Xochimilco, en el centro de Coyoacán y frente al Palacio de Bellas Artes.

—¿Usted en una trajinera o comiendo esquites en una plaza? Señor Vasilakis, se va a derretir con el sol y el picante —me burlé, divirtiéndome con la sola idea de sacarlo de su burbuja de lujo.

—Haré lo que sea contractualmente necesario, Srita. García —repliqué, imperturbable—. Construiremos el trasfondo de nuestro romance aquí, en su terreno. Disfrute sus últimas horas rodeada de sus costumbres y su comida mexicana, porque en cuanto ese avión despegue rumbo a Atenas, su realidad cambiará de forma drástica y definitiva. Prepárese. Mañana a las ocho de la mañana comienza nuestro noviazgo de mentiras.

La guerra entre el orden y el desastre acababa de comenzar, y el primer campo de batalla sería mi propia ciudad.

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