50. : Los Vigías de la Sangre
El paisaje era ajeno a Lía, pero no del todo desconocido. Colinas pálidas cubiertas de escarcha, árboles delgados que susurraban con cada ráfaga de viento, y un cielo gris, quebrado por el paso lento del sol de invierno. Había llegado a un pequeño pueblo enclavado entre montañas, donde el tiempo parecía suspendido. Sus botas crujieron contra el sendero de piedras, mientras una niebla tenue comenzaba a ascender desde el bosque cercano.
Había dejado Umbra Noctis buscando respuestas, o tal vez hui