Azura
—Respira, Azura… solo respira… —me repetía Mari mientras ajustaba la cinta plateada en mi cintura, pero mi cuerpo no la obedecía.
El aire parecía denso, cargado. Mis pensamientos iban y venían como un torbellino en mi cabeza, pero lo más extraño… lo más inquietante era ese calor. No un simple bochorno, no. Era un fuego que se encendía desde mi pecho y se expandía lentamente hacia cada rincón de mi piel.
—¿Mari...? —susurré, con la voz apenas audible—. ¿Hace calor aquí, o soy yo?
Ella me m