La noche comenzaba a caer lentamente. Dentro de su casa, Aurora se recostaba en el sofá de la sala de estar, contemplando los dibujos de Leon que adornaban la pared. Ese día, su hijo se había mostrado feliz. Rió durante la cena, incluso le dio un beso en la mejilla.
—Mamá ya no parece triste —había dicho.
Aurora sonrió al recordarlo, aunque en su pecho aún quedaban restos de una tensión que no terminaba de disiparse. Porque aunque Sebastian había sido derrotado políticamente, Aurora sabía que un hombre como él jamás se quedaría quieto.
Y, lamentablemente, tenía razón.
En un lugar oscuro que nadie conocía, Sebastian se hallaba frente a un gran tablero repleto de fotos, mapas y horarios. En el centro, destacaba una fotografía de Leon, rodeada de anotaciones sobre sus rutinas diarias: la escuela, el parque, la niñera, las clases particulares, las rutas de transporte.
A su lado, un hombre con capa negra, llamado Ivan, esperaba en silencio las órdenes.
—¿Cuántas cámaras hay alrededor del p