CAPITULO LXX

Todavía no había amanecido cuando Henry subió al ala privada de la mansión. La casa, como siempre a esa hora, estaba en silencio; uno distinto, más íntimo, que solo existe antes de que el día reclame su lugar.

Tocó la puerta con los nudillos, una sola vez. No obtuvo respuesta.

Abrió con cuidado, lo justo.

La luz tenue del amanecer apenas comenzaba a filtrarse entre las cortinas. Thomas estaba de pie, envuelto en la bata oscura, el cabello ligeramente desordenado de una forma que Henry solo veía
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