CAPITULO LXX

Todavía no había amanecido cuando Henry subió al ala privada de la mansión. La casa, como siempre a esa hora, estaba en silencio; uno distinto, más íntimo, que solo existe antes de que el día reclame su lugar.

Tocó la puerta con los nudillos, una sola vez. No obtuvo respuesta.

Abrió con cuidado, lo justo.

La luz tenue del amanecer apenas comenzaba a filtrarse entre las cortinas. Thomas estaba de pie, envuelto en la bata oscura, el cabello ligeramente desordenado de una forma que Henry solo veía en contadas ocasiones. Su mano descansaba con naturalidad sobre la espalda de Anfisa, que dormía de costado, recogida entre las sábanas, ajena al mundo.

No había nada indecoroso en la escena. Y, sin embargo, todo lo era.

Thomas levantó la vista. No se sorprendió. Con Henry nunca lo hacía.

“Es hora”, dijo el mayordomo en voz baja, más por respeto a ella que por protocolo.

Thomas asintió apenas. Sus dedos trazaron un movimiento lento, casi inconsciente, sobre la piel tibia que tenía bajo la palma
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