La habitación estaba llena de luz suave, filtrada por los ventanales altos de la mansión. El aire olía a tela nueva, a vapor tibio y a algo ligeramente floral que Anfisa no supo identificar. Estaba de pie sobre una pequeña tarima, descalza, mientras la diseñadora se movía a su alrededor con pasos seguros.
Era una mujer elegante, de esas que no necesitan elevar la voz para que las escuchen. Vestía de negro, el cabello perfectamente recogido, y cada gesto suyo parecía calculado… pero no frío.