La habitación estaba llena de luz suave, filtrada por los ventanales altos de la mansión. El aire olía a tela nueva, a vapor tibio y a algo ligeramente floral que Anfisa no supo identificar. Estaba de pie sobre una pequeña tarima, descalza, mientras la diseñadora se movía a su alrededor con pasos seguros.
Era una mujer elegante, de esas que no necesitan elevar la voz para que las escuchen. Vestía de negro, el cabello perfectamente recogido, y cada gesto suyo parecía calculado… pero no frío.
“Relaja los hombros”, dijo con suavidad, colocando apenas dos dedos sobre la clavícula de Anfisa. “Eso es. Así.”
Anfisa obedeció, respirando hondo. Se sentía extraña. No incómoda, pero sí consciente de su propio cuerpo de una manera nueva. No estaba acostumbrada a que la miraran así, con atención real.
La cinta métrica rodeó su cintura con precisión.
“Mmm…” murmuró la diseñadora, más para sí misma que para ella. Luego levantó la vista hacia el espejo y se encontró con los ojos de Anfi