Anfisa dormía profundamente. Su respiración era suave, templada, rozando apenas la piel de su clavícula desnuda. Y Thomas la sostenía sin moverse, como si cualquier movimiento en falso pudiera romper el hechizo que flotaba sobre la habitación.
La luz que se colaba entre las rendijas de las cortinas era escasa, pero suficiente para ver cómo su piel tan pálida, tan suave brillaba en algunos puntos, aún humedecida por el sudor del placer compartido. Una de sus piernas seguía enganchada a su cadera