El viento del acantilado aullaba con una furia implacable, agitando mi túnica deshilachada y golpeando mi rostro con la salpicadura fría del Mar de Cristal. Al mirar hacia abajo, el agua no se comportaba como el océano común de las tierras del sur; era un espejo líquido, denso y resplandeciente, que se abría en un vórtice perfecto hacia las profundidades de la fosa marina. Sin mi loba, la altura me causaba un vértigo puramente humano, una debilidad que me obligaba a apretar los puños para evita