El carruaje avanzaba a una velocidad temeraria, sacudiéndose violentamente sobre las rocas afiladas del sendero norteño. La tormenta del Páramo de los Lamentos se desató sobre nosotros sin previo aviso, golpeando la madera reforzada con la fuerza de mil garras de granizo. Dentro del habitáculo, la penumbra apenas era rota por el resplandor violáceo intermitente que brotaba de la piel de Lysander.
El efecto del velo de sangre se había evaporado por completo tras la caza. Ahora, las ramificacione