El amanecer sobre las tierras de Blood-Crag no trajo el calor del sol, sino una luz pálida y fría que hacía que la mansión pareciera un mausoleo de piedra. Mis músculos protestaban con cada movimiento. Sin la presencia de Silver, mi loba blanca, me sentía expuesta, frágil y dolorosamente consciente de mi propia mortalidad. Ya no percibía el latido de los árboles ni el aroma de los lobos a kilómetros de distancia. Ahora, mi mundo se reducía a lo que mis ojos humanos podían ver y mis oídos humano