Capítulo 2

El silencio absoluto fue roto únicamente por un pitido rítmico y monótono que taladraba mis sienes. 

Intenté abrir los ojos, pero mis párpados pesaban como si estuvieran sellados con plomo. El aire no sabía a ceniza ni a gasolina: ahora era denso, impregnado de un aroma a sándalo y ese rastro aséptico de los medicamentos que me revolvía el estómago.

Cuando finalmente logré abrir los ojos y enfocar la vista, la confusión me golpeó con más fuerza que el impacto contra el árbol. No estaba en una sala de emergencias fría, blanca e impersonal. Me encontraba en una habitación de proporciones monumentales y estilo clásico, donde la elegancia se respiraba en cada moldura de madera clara y en el relieve de las paredes. A mi izquierda, un ventanal inmenso dominaba el espacio, cubierto por largas cortinas de gasa traslúcida que se mecían apenas con el aire acondicionado. A través de ellas, se filtraba un resplandor anaranjado y vibrante.

Me quedé helada ¿Era el fuego? Por un segundo, el pánico me oprimió el pecho, creyendo que todavía estaba atrapada en el coche y que el resplandor que veía era en realidad el reflejo de mi propia muerte. Pero el calor no llegaba. Tardé un segundo más en darme cuenta que solo era la luz del sol cayendo, aunque desde mi posición en la cama me era imposible ver el paisaje exterior. A mi derecha, un muro sólido de tono crema albergaba la única puerta de roble pesado, y justo al lado de mi almohada, la hilera de monitores médicos parpadeaba con luces azules y verdes, vigilando mis latidos con una precisión obsesiva.

Intenté incorporarme, pero un mareo violento me obligó a hundirme de nuevo en la suavidad de las almohadas. Me sentía letárgica, con los músculos desconectados, y un hambre voraz, casi animal, me retorcía las entrañas. Al bajar la mirada por mi cuerpo, vi que mi brazo izquierdo estaba atado a una vía intravenosa mientras que mi brazo derecho estaba cubierto por vendas impecables que subían hasta mi hombro. Recordaba las llamas lamiendo mi piel, el dolor insoportable en mis costados... pero ahora, bajo las gasas, no había ardor. Solo sentía un hormigueo extraño, una sanación demasiado rápida para ser completamente normal.

Entonces, un latido diferente, una pulsación eléctrica y cálida, vibró con fuerza en la base de mi cuello.

Me llevé la mano izquierda con dificultad a la garganta y toqué con los dedos temblorosos. Allí, donde la piel siempre había estado lisa, mis yemas tropezaron con un relieve rugoso y cargado de una energía que me hizo dar un respingo. Un grito mudo se atascó en mi garganta y mi corazón volvió a apretarse. No era una cicatriz cualquiera: era una marca de reclamo. Los recuerdos borrosos de unos ojos dorados y un «Eres mía» susurrado bajo la tormenta volvieron a mí como una ráfaga de fuego.

La puerta de la habitación se abrió suavemente. Una joven con uniforme clínico celeste entró con una bandeja de plata, y al verme despierta, se quedó petrificada antes de que sus ojos se iluminaran con un alivio casi reverente.

—¡Oh, gracias al cielo! —exclamó, acercándose con pasos rápidos—. Es un milagro verla despierta, señora Scianna. El señor se pondrá muy feliz.

¿Señora... Scianna? Ese nombre me resultó ajeno. 

—¿Dónde estoy? —mi voz salió como un hilo de papel de lija—. ¿Y por qué me llamas así? No me llamo Scianna.

La joven se detuvo en seco, mirándome con una expresión de desconcierto absoluto. Me observó con una mezcla de lástima y extrañeza, como si estuviera frente a alguien que acabara de perder el juicio.

—Está en la residencia privada de su esposo, señora —respondió con cautela, su mirada moviéndose nerviosa hacia la puerta—. Ha estado en coma durante quince días. Las quemaduras eran críticas, pero el señor trajo al mejor equipo médico. Él... él no permitió que nadie más que nosotros la tocara.

¿Esposo? Espero me esté jugando una broma. Espera…, ¿quince días? Mi mente apenas estaba procesando una cosa antes de que mi lengua tomara vida propia. 

—No tengo esposo —siseé, el orgullo de mi sangre Blackwell hirviendo bajo la piel a pesar de mi debilidad— Ni siquiera sé quién es ese hombre.

La enfermera retrocedió un paso, mirándome ahora con una preocupación genuina y un rastro de miedo. Guardó un silencio incómodo, ajustando el gotero sin atreverse a sostener mi mirada.

—Llamaré de inmediato al doctor Webber para que venga a evaluarla, señora —dijo en un susurro, apresurándose hacia la salida—. Y avisaré al señor Scianna... él ha estado esperando este momento con desesperación.

Se escabulló de la habitación antes de que pudiera detenerla y el pánico fue un motor más potente que cualquier suero. Tenía que salir de allí. Sin importarme si volvía sola, con el médico o con el hombre que había mencionado como mi supuesto esposo. El hecho claro era que no podía quedarme. 

Con un gruñido de dolor, tiré de la vía de mi brazo izquierdo. El plástico se resistió antes de salir con un tirón violento que me desgarró la piel. El ardor fue inmediato y un hilo de sangre comenzó a correr por mi antebrazo, manchando la bata blanca de algodón que llevaba puesta.

Giré el cuerpo, deslizando las piernas fuera del colchón. Mis pies tocaron la alfombra, pero en cuanto intenté descargar mi peso, mis rodillas cedieron como si fueran de papel. Me desplomé contra el suelo, soltando un gemido ahogado. Mi cabello largo cayó sobre mis hombros y me cubrió el rostro como una cortina, dejándome a ciegas mientras intentaba recuperar el aliento. Esta debilidad era humillante.

Antes de que pudiera intentar arrastrarme, la puerta de roble se abrió, golpeando la pared con un estruendo que hizo saltar mi corazón.

Un hombre inmenso irrumpió en la habitación. Al verlo, mi respiración se detuvo y mi pecho se apretó tanto que dolió. No solo era su tamaño, era la energía que desprendía, una fuerza que parecía absorber todo el aire del cuarto. Vestía una camisa negra arrugada con las mangas arremangadas y pantalones oscuros que acentuaban su porte de depredador. Su rostro, de piel aceitunada, era una obra maestra de dureza y belleza abrumadora. 

Antes de que pudiera procesar su presencia, él se abalanzó sobre mí. Se movió con una agilidad impropia de alguien tan grande, y en un parpadeo estaba de rodillas a mi lado.

Sus manos, grandes y firmes, apartaron el cabello de mi cara con una urgencia que me hizo estremecer, y de inmediato sujetó mi mentón, obligándome a levantar la cabeza para buscar mis ojos. Escaneó cada centímetro de mi rostro con una intensidad asfixiante, buscando cualquier rastro de agonía o un nuevo daño que pudiera haber surgido en la caída.

—Tesoro, ¿qué has hecho? —Su voz en un susurro gutural, fue una vibración que sentí hasta en la marca de mi cuello.

Sus manos se cerraron sobre mis hombros con una firmeza que quemaba. Al sentir su tacto, mi corazón se aceleró hasta un ritmo frenético. Sus ojos, de un castaño profundo y turbio como la miel quemada, me recorrieron con una intensidad aterradora. Había una arruga de preocupación tallada profundamente entre sus cejas, un surco que endurecía sus facciones de piedra mientras buscaba desesperado algún daño en mi rostro.

Su aliento chocó cálido contra mis mejillas mientras sus dedos descendían por mis brazos en un examen frenético. Cuando su mano derecha rozó el lugar donde me había arrancado la vía, solté un jadeo e intenté apartarme instintivamente. Él bajó la vista y vio la sangre fresca manchando la blancura de mi bata y mi piel. En ese instante, el hombre preocupado desapareció. Su mandíbula se tensó y sus ojos se oscurecieron hasta parecer dos pozos de obsidiana.

Se giró hacia la enfermera, que temblaba en el umbral, y el gruñido que escapó de su pecho fue algo animal.

—¡¿Cómo permitieron esto?! —le gritó, y su voz hizo que los cristales de la lámpara tintinearan—. ¡Les di una sola orden! ¡Cuidar de mi mujer! Si vuelve a sangrar por su negligencia, juro que no vivirán para arrepentirse.

Me quedé paralizada, con las palabras enredadas en una garganta reseca. No podía articular sonido, pero mis ojos no podían apartarse de él. Me sentía pequeña, vulnerable y dominada. Sin darme tiempo a reaccionar, me levantó en vilo. Me estrechó contra su pecho y me subió a la cama con una delicadeza casi devota.

Antes de apartarse para dejar pasar al médico, hundió su mano en mi pelo, obligándome a sostener su mirada de fuego.

—Quédate quieta —ordenó, y esta vez su voz fue baja, posesiva—. Ya sufriste suficiente, Effie. No me obligues a ser el que te cause el próximo dolor.

Él no me soltó de inmediato. Su mano permaneció enredada en mi cabello un segundo de más, marcando una posesión que me hacía hervir la sangre, antes de dar un paso atrás para permitir que el médico se acercara. El hombre de bata blanca, que evitaba a toda costa mirar al gigante que tenía a su espalda, extendió la mano hacia mi brazo con una gasa.

—Señora, por favor, permítame revisar esa herida...

—¡No me toques! —siseé.

El sonido salió rasposo, como si tuviera la garganta llena de vidrios rotos. Antes de que sus dedos rozaran mi piel, le aparté la mano de un manotazo seco. El golpe resonó en la habitación y el doctor retrocedió un paso, asustado. Al instante, la atmósfera se volvió densa. La mandíbula del hombre frente a mí se tensó tanto que los músculos de su rostro parecieron tallados en granito. Mi rechazo al médico parecía una ofensa personal para él.

Ignoré al doctor y clavé mi mirada en el hombre inmenso que seguía de pie junto a la cama. Fruncí el ceño, apretando los dientes contra el mareo que me hacía ver chispas negras.

—¿Cómo... —mi voz falló y tuve que tragar saliva con dolor—, cómo sabes quién soy? ¿Y quién te crees que eres para dejar que me llamen por un apellido que no es el mío?

Él no contestó de inmediato. Dio un paso largo hacia adelante, invadiendo mi espacio hasta que sus rodillas rozaron el borde del colchón. Se cernió sobre mí, apoyando las manos a ambos lados de mis hombros, atrapándome en su sombra.

—Lo que hago es asegurar que no desperdicies la vida que te devolví —su voz bajó a un tono gutural, una vibración que sentí en mi propia piel—. Te saqué de ese coche. Te traje a mi casa. Te marqué porque era la única forma de que tu loba no se rindiera.

Mi mano se movió inconscientemente para cubrir la marca de la intensidad de su mirada. 

—Yo no te pedí nada de eso —respondí con un hilo de voz, aunque mi pecho se apretaba por su cercanía—. No soy tuya. No soy ninguna «Señora Scianna». Ni siquiera sé quién eres.

Él apartó mi mano con una lentitud deliberada y, antes de poder procesarlo, sus labios cálidos y carnosos se posaron sobre el relieve de la marca en mi cuello. El contacto fue eléctrico, una invasión que hizo que mis dedos se enterraran en las sábanas. Sentí una punzada en lo más profundo y oscuro dentro de mí, una respuesta de mi propia loba que me traicionaba mientras intentaba apartarme.

—Te equivocas, Effie… —susurró con voz enronquecida, alejándose solo lo suficiente para que sus ojos castaños volvieran a anclarse en los míos—. Puedes negar mi nombre todo lo que quieras, pero tu sangre ya reconoce mi autoridad. No te rescaté del fuego para devolverte al mundo. Te saqué de la muerte para que fueras el único secreto que no pienso compartir con nadie.

Intenté hundirme en el colchón, buscando desesperadamente escapar de su calor abrumador, pero no había salida. Él era un muro de músculos y autoridad que me asfixiaba. Su aroma a sándalo se me metió por la nariz, acelerando mi pulso hasta dejarme sin aire. Sentía el corazón latir en la base de mi garganta y hacer eco en mis oídos, mientras contenía el aliento y esa extraña electricidad en la punta de mis dedos me obligaba a aferrarme con fuerza a las sábanas, como si fueran lo único que me impedía flotar hacia él.

Se inclinó aún más, reduciendo la distancia hasta que su rostro quedó a escasos centímetros del mío. Sus ojos castaños, ardientes y cargados de una intensidad asfixiante, se clavaron en los míos con una fijeza que me desnudaba el alma. En ese espacio mínimo de aire que nos separaba, la tensión se volvió táctil, pesada como el acero. Podía sentir el calor que emanaba de su cuerpo golpeando mi piel fría, y por un segundo eterno, el mundo desapareció. Su mirada bajó de mis ojos a mis labios con un hambre tan cruda que el aire pareció chisporrotear entre nosotros. No era solo deseo: era un reclamo instintivo, una gravedad violenta que me empujaba hacia él a pesar de mi odio. Se quedó ahí, suspendido sobre mi boca, y juro que el silencio se llenó con el sonido de su respiración entrecortada fundiéndose con la mía. Por un instante terrorífico y embriagador, supe que quería besarme, que sus labios estaban a un suspiro de colisionar con los míos para sellar ese contrato que yo no recordaba haber firmado. La energía era tan real que dolió e hizo vibrar cada rincón dentro de mí hasta el más profundo. Un tirón en mi pecho que me dejó paralizada, esperando el impacto.

Entonces, tan rápido como se había acercado, se apartó con una furia contenida que hizo que el ambiente crujiera. Se enderezó, recuperando su altura imponente, y se giró hacia el médico con un gesto imperioso.

—¡Cúrenla de una mald1ta vez! —le ladró al doctor Webber, cuya palidez aumentó al instante—. Y si vuelve a lastimarse porque no son capaces de contenerla, juro que lo último que harán en sus mediocres vidas será lamentar haberme fallado.

Sin dedicarme una sola mirada más, salió de la habitación con pasos pesados. El estruendo de la puerta al cerrarse me sacó del trance y me dejó temblando de rabia, con el sabor de su aliento todavía quemándome la piel.

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