El silencio absoluto fue roto únicamente por un pitido rítmico y monótono que taladraba mis sienes. Intenté abrir los ojos, pero mis párpados pesaban como si estuvieran sellados con plomo. El aire no sabía a ceniza ni a gasolina: ahora era denso, impregnado de un aroma a sándalo y ese rastro aséptico de los medicamentos que me revolvía el estómago.Cuando finalmente logré abrir los ojos y enfocar la vista, la confusión me golpeó con más fuerza que el impacto contra el árbol. No estaba en una sala de emergencias fría, blanca e impersonal. Me encontraba en una habitación de proporciones monumentales y estilo clásico, donde la elegancia se respiraba en cada moldura de madera clara y en el relieve de las paredes. A mi izquierda, un ventanal inmenso dominaba el espacio, cubierto por largas cortinas de gasa traslúcida que se mecían apenas con el aire acondicionado. A través de ellas, se filtraba un resplandor anaranjado y vibrante.Me quedé helada ¿Era el fuego? Por un segundo, el pánico m
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