Capítulo 3

Las horas siguientes fueron un desfile de rostros extraños y silencios que me crispaban los nervios. 

El doctor Webber y la enfermera trabajaron con eficiencia, revisando mis reflejos, limpiando la herida de mi brazo con una atención minuciosa y apagando esos aparatos infernales que no dejaban de emitir su rítmico pitido.

Cada vez que abría la boca para preguntar por él, por el hombre que acababa de marcar mi cuello con un beso cargado de posesión, obtenía la misma respuesta: un silencio incómodo o una mirada huidiza hacia la puerta. Era desesperante. Solo conocía su apellido, Scianna. Era el bastardo desgraciado que me mantenía cautiva.

«Tengo que salir de aquí», me repetía como un mantra, mientras la rabia me quemaba por dentro.

Quince días. Había estado fuera del mundo dos semanas enteras. En el imperio Blackwell, ese tiempo era una eternidad. Me preguntaba por qué nadie me había buscado, aunque la respuesta me golpeaba con la fuerza de un mazo: Brenan. Ese mald1to malnacido. Mi ahora ex-prometido seguramente había orquestado una narrativa perfecta sobre mi muerte mientras yo ardía en aquel coche. Visualicé su rostro por un segundo y el odio fue un combustible más potente que cualquier cosa.

Necesitaba volver. Tenía que arrastrar a Brenan fuera de mi empresa, fuera de Blackwell & Co. Yo no solo era una heredera, como Directora Creativa de la firma, cada diseño de alta joyería, cada talla de diamante y cada engaste de las colecciones más exclusivas pasaban por mi visión. Mi mente era una biblioteca de gemas y metales preciosos. Podía identificar la pureza de un zafiro con solo mirarlo, y la sola idea de que él estuviera tocando mi legado me daba náuseas.

Mi garganta ardía. Me habían dado agua para refrescarme, pero mi estómago rugía con una demanda animal. La enfermera me pidió paciencia, diciendo que me traería algo cuando terminaran de examinarme. 

Así que solo esperé y esperé, largo rato hasta que por fin me dejaron sola. 

Estaba frustrada, me sentía cansada y sobre todo furiosa. 

Aprovechando que me sentía más alerta, decidí que no pasaría un minuto más postrada. Fue entonces cuando me fijé en una puerta que antes no había notado. Estaba perfectamente mimetizada con las molduras de madera clara de la pared frente a la cama. Con un esfuerzo que me hizo sudar frío y apoyándome en los muebles, logré llegar hasta ella. Mis piernas aun no respondían del todo, seguía sintiéndolas como si fueran de gelatina, pero agradecí no terminar de nuevo en el piso. 

Tragué en seco cuando pude prender la luz.

El baño era una oda a la opulencia. Mármol de Carrara, grifería de oro y un espejo inmenso que me devolvió una imagen que apenas reconocí. Me quedé petrificada observando mi reflejo. Mi cabello, aunque limpio y suave, estaba desordenado, cayendo como una cascada de oro pálido sobre mis hombros. Mi rostro mostraba rastros de desgaste, estaba considerablemente más delgada y sobre todo, tenía ojeras. Pero lo que me robó el aliento fue la marca en mi cuello: un relieve rugoso y violento que palpitaba con vida propia. 

Bajé la vista hacia las vendas de mi brazo derecho, sintiendo el sabor amargo de la bilis en mi boca. Recordaba las llamas, el calor insoportable lamiendo mi piel y ese olor a muerte que se me quedó grabado. Había visto las marcas cuando me cambiaron las vendas: la piel allí era de un tono rosado intenso, brillante y delgada, como el pétalo de una flor que acaba de brotar.

Era perturbador. Cualquier humano normal habría necesitado meses de injertos y cirugías dolorosas para lucir así, pero mi loba, impulsada por la energía de esa mald1ta marca, había trabajado a marchas forzadas. Las cicatrices estaban ahí, recordándome que el fuego me había alcanzado, pero eran apenas un susurro de la agonía que debería estar sintiendo.

Aparté la vista del espejo, sintiendo una oleada de náuseas. No podía seguir diseccionando mi desgracia. Si me quedaba aquí parada, terminaría hundiéndome en la autocompasión y yo no era ese tipo de mujer. Necesitaba limpiar el rastro de la muerte de mi piel, recuperar aunque fuera una pizca de la Effie que solía ser antes de que todo saltara por los aires.

Impulsada por ese instinto de supervivencia, tomé un cepillo de dientes y pasta que encontré sobre el lavabo. No me importaba de quién fuera, solo quería arrancarme el sabor amargo de la medicina en la lengua. 

Me lavé la cara con agua helada, sintiendo cómo mis mejillas recuperaban algo de color, para luego atar mi cabello en una trenza suelta. Mi cuerpo olía a limpio, era evidente que habían cuidado de mí con una atención casi devota mientras dormía. Pero al ver la ducha a través del reflejo, sentí una chispa de ilusión. Necesitaba el agua caliente para sentirme humana otra vez. Necesitaba un poco de control sobre mí misma. Estaba a punto de ceder a mi capricho cuando una voz atronadora me detuvo en seco.

—Ni lo sueñes, Effie.

Me volví de golpe hacia la entrada del baño. Allí estaba él, ocupando todo el umbral con su presencia masiva. Ese hombre había vuelto… ¿Cómo demonios no lo había oído acercarse? 

—¿Qué quieres ahora? —espeté. Mi voz aún sonaba rasposa, pero logré inyectarle todo el desprecio del que fui capaz—. ¿También vas a prohibir que me limpie?

Entró en el baño con esa zancada lenta y segura, cerrando el espacio hasta que el aroma a sándalo borró cualquier rastro del jabón. Retrocedí por puro instinto hasta que mis caderas golpearon la fría encimera del lavabo. En un movimiento desesperado, mi mano izquierda se cerró sobre el cepillo de dientes y lo levanté hacia su pecho, apuntándolo como si fuera una daga.

—No des un paso más —le advertí.

Él se detuvo a escasos centímetros. Sus ojos recorrieron mi improvisada arma y una pequeña sonrisa de medio lado, cargada de una arrogancia letal, curvó sus labios. Una chispa de humor iluminó su mirada.

—Un cepillo de dientes, Effie. Realmente eres una mujer peligrosa —su voz fue un ronroneo profundo—. Pero no estás en condiciones de ducharte sola. Si te desmayas bajo el agua, podrías morir de verdad esta vez.

—Prefiero morir a manos del agua a seguir encerrada sin saber quién me retiene —siseé, apretando más el agarre—. Ni siquiera sé con quién demonios estoy hablando. La enfermera solo sabe decir "Señor Scianna" como si fueras un dios pagano. ¿Qué pasa? ¿Tu nombre es tan terrible que no te atreves a decirlo?

Él soltó una risa corta, dando un paso más, ignorando la punta del cepillo que rozaba la tela de su camisa. Se inclinó tanto que su aliento cálido golpeó mi mejilla.

—Dante —dijo, y el nombre vibró en el aire con una autoridad pesada—. Dante Scianna. Y no te equivoques, Effie… No oculto mi nombre por miedo, sino porque no suelo dárselo a nadie que no esté destinado a recordarlo por el resto de su vida.

Antes de que pueda tomar otra exhalación, me arrebató el cepillo tirándolo sobre la encimera, el golpe me sobresaltó, y acortó la última pulgada que nos separaba. Su mano se alzó, dándome tiempo a retroceder, aunque no tenía a dónde ir. Sentí el roce de sus dedos largos y cálidos deslizándose por la curva de mi hombro hasta que su palma se cerró con firmeza sobre la base de mi cuello, justo encima de la marca que él mismo había reclamado.

Fue un contacto eléctrico, posesivo. El calor de su palma pareció activar una conexión latente que me hizo estremecer de una forma que odié profundamente.

Intenté apartarme, pero su mano era una cadena de hierro aterciopelado que no cedió ni un milímetro. Me eché hacia atrás, apretando mi cuerpo contra el borde frío de la encimera hasta que el mármol me caló en las caderas, buscando cualquier distancia que me protegiera de su cercanía. Fue inútil. El calor de su palma se filtraba por mi piel como un veneno dulce, enviando oleadas de una calma traicionera que mi mente rechazaba con furia, pero que mi sangre parecía recibir con alivio.

—No te acerques más —advertí, obligándome a endurecer la mirada a pesar de que el corazón me martilleaba las costillas—. Aléjate o te desgarraré la garganta de un mordisco.

Era una amenaza feroz, la promesa de una Blackwell que preferiría morir antes que ser dominada. Sin embargo, él solo dejó escapar una risa corta, grave y aterciopelada, que no mostraba ni un ápice de miedo. No se amilanó ante mis palabras, al contrario, pareció disfrutar del fuego en mis ojos.

—Inténtalo, tesoro —murmuró, su mirada de miel quemada brillando con una chispa de humor desafiante—. Me encantaría ver cómo lo intentas en ese estado.

Me sentí arder de humillación, pero lo que más me desconcertaba no era su arrogancia, sino lo que ocurría en mi interior. Mi loba, Eva, que siempre había sido una presencia inquieta y vigilante, estaba mald1tamente dócil. Durante mi compromiso con Brenan, Eva siempre había estado en tensión, gruñendo en el fondo de mi mente como si presintiera que algo andaba mal. Siempre pensé que con el tiempo esa inquietud se pasaría, que era solo mi instinto adaptándose a una unión por conveniencia.

Pero ahora, frente a Dante Scianna…, frente a este extraño, mi captor, un hombre que me había reclamado sin mi permiso, Eva estaba en un silencio absoluto y reverente. No había violencia, ni mostraba los dientes. Se sentía como si ella hubiera encontrado finalmente el lugar donde el mundo dejaba de ser un caos.

«Traidora», le recriminé en silencio, apretando los dientes.

—¿Crees que porque me marcaste voy a caer a tus pies? —le pregunté, forzando una distancia que mi cuerpo no quería—. He oído las historias, Dante. Sé lo que pasa cuando alguien rechaza una marca de este tipo. Sé que puedo volverme loca, que puedo perder mi humanidad hasta convertirme en una bestia sin control... pero si crees que voy a dejarme gobernar por un mald1to instinto animal solo para salvar mi cordura, no sabes quién soy.

Dante se tensó. La chispa de humor desapareció de sus ojos, reemplazada por una seriedad gélida que me hizo estremecer. Su mano bajó de mi mandíbula y rodeó mi cuello hasta cerrarse con firmeza sobre mi nuca. Al hacerlo, sus dedos se enredaron en los mechones sueltos de mi trenza, tirando del cuero cabelludo con una brusquedad que me arrancó un jadeo. Sentí un pinchazo agudo, un picor eléctrico que viajó desde la raíz de mi cabello hasta la base de la columna y profundamente en mi vientre, el tirón de sus dedos me obligó a arquear el cuello y mantener un contacto visual del que ya no podía escapar.

Sus ojos estaban a centímetros de los míos, cargados de una intensidad que parecía querer consumirme. 

—No te confundas, Effie. Encontrar a la otra mitad, a un «destinado», es casi una leyenda en estos tiempos. Tú te comprometiste con ese mald1to imbécil de Brenan sabiendo que no era tu mate, pensando que el deber era suficiente —su voz bajó peligrosamente—. Pero el destino no es un contrato que puedas romper sin morir en el intento. No te marqué para volverte loca, te marqué para que no te fueras, porque desde el momento en que te saqué de ese coche, tu loba decidió que mi aroma era el único aire que pensaba respirar.

Me quedé gélida. Que supiera mi nombre y mi posición en Blackwell, era una cosa, pero que conociera los detalles de mi compromiso con Brenan y la falta de conexión instintiva entre nosotros... eso era otro nivel de intrusión. Un escalofrío me recorrió la columna. ¿Cuánto tiempo llevaba observándome? ¿Qué tanto sabía este hombre de mis secretos más profundos? Dante era una presencia aterradora, una fuerza de la naturaleza que me despojaba de todas mis defensas y, aun así, resultaba mald1tamente fascinante.

Quise replicar, exigirle que me explicara cómo sabía tanto sobre mi loba y mis malas decisiones, pero mis piernas decidieron que ya habían tenido suficiente heroísmo por hoy. El temblor que había intentado ignorar se volvió violento. Mis músculos se sintieron como si estuvieran hechos de agua y el mundo empezó a inclinarse hacia la izquierda.

Dante se dio cuenta de inmediato. Su mandíbula, antes tensa por nuestra discusión, se relajó y soltó un suspiro profundo, cargado de una mezcla de frustración e impaciencia. 

—Eres terca como un demonio, Effie —gruñó entre dientes. 

Antes de que pudiera siquiera intentar apoyarme en la encimera, sus brazos volvieron a rodearme. Me elevó con una facilidad que me recordó, una vez más, lo pequeña que era frente a su poderío. Mi cuerpo cayó contra su pecho por pura inercia, pesado y sin energía. Esta vez no luché porque simplemente no tenía fuerzas para hacerlo, pero mantuve los puños cerrados contra su camisa, una última y patética barrera de resistencia entre nosotros.

—¿Cómo lo sabes? —susurré mientras cruzábamos el umbral del baño—. ¿Cómo sabes lo de Brenan? ¿Me estabas siguiendo?

—Digamos que un diamante como tú no pasa desapercibido en un mundo lleno de piedras comunes —respondió él, su voz vibrando directamente bajo mi oído—. Sé lo suficiente para saber que ese tipo no te merecía, y para entender que estabas dispuesta a marchitarte en una unión sin alma por pura lealtad a tu apellido.

—No era solo lealtad —protesté con voz débil, cerrando los ojos mientras me dejaba llevar por el movimiento rítmico de sus pasos. Estaba mareada y cansada—. Era mi vida. Era lo que se esperaba de mí…

Mis palabras no tenían un ápice de seguridad.

Si soy sincera, creí que Brenan era el correcto. Después de todo, encontrar un mate en esta época era solo llenarse la cabeza de fantasías. Los de mi especie se volvieron más prácticos dado que nuestros números fueron disminuyendo peligrosamente con los años, decidieron que, mate o no, estaba bien simplemente casarse y procrear con tal de mantener las manadas vivas.

Por eso me comprometí con él. No solo había tomado el lugar de mi padre después de su muerte el año pasado, sino que Brenan era todo lo que se esperaba de un Alfa para la manada Losna: era metódico, imponente y poseía esa diplomacia gélida que mantenía a raya a nuestros rivales. Ante mis ojos, era el protector perfecto, un hombre de presencia estoica y ambición desmedida que encajaba perfectamente en el engranaje de Blackwell & Co. Creí que su falta de pasión era solo parte de su carácter reservado. Pensé que el vacío que sentía cuando me tocaba era el precio que debía pagar por la estabilidad de mi gente. Además, me trataba bien…

Qué mald1tamente equivocada estaba.

Mientras Dante me observaba en silencio, el peso de la traición se volvió un nudo asfixiante en mi pecho. Brenan no solo no era mi mate: era un parásito que había esperado a que mi padre exhalara su último suspiro para devorar mi legado y luego para deshacerse de mí. Cada gesto de protección, cada palabra de aliento que me dio durante el duelo, todo había sido una mentira meticulosamente diseñada para llevarme a esa carretera y dejarme arder. 

—Pues lo que se esperaba de ti casi te mata —sentenció Dante, sacándome de mis cavilaciones, su tono volviéndose gélido por un segundo antes de suavizarse al depositarme sobre el colchón—. Ahora, vas a dejar de hacer preguntas y vas a permitir que tu cuerpo descanse. No me sirve de nada una Luna que no puede mantenerse en pie por cinco minutos.

Me acomodó con una delicadeza exasperante, asegurándose de que mi espalda quedara apoyada contra las almohadas antes de estirar la manta sobre mis piernas, que aún vibraban por el esfuerzo.

Me sentí pequeña, vulnerable y furiosa, pero sobre todo, me sentí observada. Sus ojos no se apartaban de los míos, como si estuviera leyendo cada uno de mis pensamientos, descifrando la lucha interna entre mi orgullo Blackwell y la paz traicionera que Eva sentía cada vez que él me tocaba.

Sin embargo, el aroma que emanaba de la bandeja sobre la mesa de noche era un ataque directo a mi fuerza de voluntad.

Dante estiró el brazo y acercó la bandeja de plata hacia mí. El caldo humeante desprendía un aroma a hierbas y carne que hizo que mi estómago soltara un rugido traicionero, rompiendo cualquier rastro de la elegancia que intentaba mantener.

Se sentó a mi lado sobre la cama, el colchón hundiéndose bajo su peso y tensando las mantas con las que me había cubierto. 

—Come —ordenó, tomando el cuenco con una mano y una cuchara de plata con la otra—. Necesitas recuperar el peso que perdiste en esas dos semanas. Tus mejillas están demasiado pálidas y tus manos tiemblan.

—Puedo hacerlo sola —dije, extendiendo mis dedos para tomar la cuchara, pero él no la soltó. Sus ojos me desafiaron silenciosamente a iniciar otra batalla que no podía ganar—. He dicho que...

—Y yo he dicho que vas a descansar —me interrumpió, acercando la cuchara a mis labios con una calma que me ponía los pelos de punta—. Abre la boca, Effie. No me obligues a convertir esto en una demostración de quién tiene más paciencia de los dos, porque te aseguro que yo tengo siglos de ventaja.

Tragué saliva. Su cercanía era abrumadora. Podía ver las pequeñas motas doradas en sus iris y sentir el calor que irradiaba su cuerpo hacia el mío. Eva, mi loba, dio una especie de vuelta sobre sí misma en mi mente, satisfecha, como si ser alimentada por el Alfa fuera lo más natural del mundo. Era humillante y, al mismo tiempo, mald1tamente embriagador.

Cedí, solo porque mi hambre era más grande que mi propio orgullo. Acepté la primera cucharada. El sabor era exquisito, reconfortante, y sentí cómo la energía empezaba a fluir por mi sistema casi al instante. Mientras comía bajo su vigilancia constante, una duda me asaltó.

—Si el mundo cree que estoy muerta y Brenan tiene el control de la manada y mi compañía —comencé, mirándolo fijamente—, ¿qué ganas tú ayudándome?

Él no apartó la mirada mientras me ofrecía otra cucharada. Sus ojos eran un pozo de secretos que yo no lograba descifrar. Pero mantuve la boca cerrada, hasta que al fin respondió. 

—¿Te parece poco haber salvado tu vida? —preguntó con voz neutra.

—Me parece demasiado —repliqué, ignorando el pinchazo de gratitud que Eva intentaba enviarme—. Nadie hace tanto por una desconocida. Me has curado, me has marcado y has soltado información que solo alguien con mucho poder y contactos podría conseguir en tan poco tiempo. Sé que un rescate así no es gratis. ¿Cuál es el precio, Dante? ¿Qué esperas obtener de una mujer que, ante los ojos del mundo, ya no existe?

Dante dejó la cuchara en el cuenco con un tintineo metálico que resonó en el silencio de la habitación y luego lo volvió a dejar sobre la bandeja, apartándola de mí antes de inclinarse en mi dirección, invadiendo mi espacio personal hasta que su sombra me cubrió por completo. 

—No eres una desconocida para mí, Effie… —confesó, y su voz sonó como el roce del terciopelo sobre el acero—. Y en cuanto al precio... digamos que no me interesa tu dinero, ni tus joyas, ni las acciones de tu empresa.

—Entonces, ¿qué? —inquirí, sintiendo que el aire se volvía otra vez mald1tamente escaso entre los dos.

—Te quiero a ti —soltó sin filtros, con una honestidad brutal que me dejó sin aliento—. Quiero a la mujer que Brenan fue tan estúpido como para intentar destruir. Te quiero como mi Luna, al frente de mi casa y de mi manada. Pero no te equivoques: no te quiero como un trofeo roto escondido entre mis sábanas.

Dante se inclinó aún más, atrapándome entre su cuerpo y el respaldo de la cama. Sus ojos se oscurecieron, volviéndose dos pozos de obsidiana.

—Brenan cometió el error de su vida al creer que podía incinerar lo que me pertenece. Él no solo intentó matarte a ti, Effie. Intentó destruir la única pieza que me faltaba para terminar de hundir a tu manada y reclamar este territorio como mi dominio absoluto.

—¿De qué estás hablando? —exigí, sintiendo que el corazón me iba a estallar.

Él deslizó su mano desde mi nuca hasta mi garganta,obligándome a alzar el mentón y apretando con una presión posesiva, casi asfixiante, pero que a Eva le resultó mald1tamente excitante.

—Hablo de que tu padre y yo teníamos un trato antes de que ese parásito lo envenenara. 

Sentí como el mundo se paralizaba mientras la última palabra rebotó en mi cabeza, haciendo eco y vaciándome los pulmones de golpe. No pude reaccionar, solo sentí una náusea violenta subirme por la garganta mientras mi mente intentaba procesar la magnitud de lo que acababa de decir. 

Dante relajó la presión en mi cuello lo justo para que sus dedos se transformaran en grilletes.

Empezó a trazar mi piel con una lentitud agonizante. Su mano ascendió por mi mandíbula y bajó de nuevo, dibujando un camino de fuego hasta hundir el pulgar con firmeza en la marca rosa plateada.

El contacto fue una descarga eléctrica. Por puro instinto, atrapé su muñeca para detenerlo, pero él ni siquiera se inmutó. 

Sus ojos volvieron a los míos y mis dedos flaquearon sobre su pulso, perdiendo la batalla contra su dominio mientras él proseguía con una calma cruel.

—Esta marca es el testimonio de ese trato, Effie —sentenció, y su voz bajó un octavo, volviéndose más densa—. Un pacto que Brenan cree que murió con Matthews, pero que ahora vivirá eternamente en tu piel…

Se inclinó hasta que nuestras narices se rozaron, invadiéndome con su aliento cálido y esa proximidad abrumadora que se sentía como el preludio de un beso. Me quedé suspendida en ese espacio mínimo, atrapada en su sombra, mientras él saboreaba mi parálisis antes de soltar la estocada final contra mis labios.

—Él te quería muerta para ser un Rey. Yo te quiero viva... para que seas mi Reina

Solo bastó un latido para reaccionar, aunque mi voz estrangulada sonó como un tartamudeo mientras intentaba apartar sus mentiras. 

—¡Mi-mientes! —Mi voz salió como un hilo roto, cargada de una incredulidad que me quemaba la garganta.

Sacudí la cabeza con una desesperación frenética, intentando zafarme de su toque, pero sus dedos se cerraron con una firmeza implacable en mi nuca, anclándome a la verdad despiadada que desbordaba de sus ojos.

—Mi padre murió de un fallo cardíaco. Estaba enfermo... los médicos lo dijeron ¡Ellos aseguraron que fue un accidente! 

Dante soltó una risa seca, carente de cualquier pizca de humor.

—Los médicos dijeron lo que Brenan les pagó para decir, tesoro. Matthews Blackwell no murió por un corazón débil. Murió porque el hombre en el que tú confiabas le dio la dosis exacta para que pareciera un accidente natural. Te quitó a tu padre, te quitó tu legado y luego intentó quitarte la vida.

—¡Cállate! —le grité, y esta vez el grito nació de mis entrañas, cargado de un odio puro—. ¡Él lloró conmigo! ¡Él me sostuvo frente al ataúd mientras yo me desmoronaba! ¡No pudo ser él!

Las lágrimas me nublaron la vista, calientes y amargas

La náusea me golpeó con tanta fuerza que tuve que tragar saliva para no vomitar sobre las sábanas. La imagen de Brenan, con sus ojos fingiendo luto y sus manos dándome un consuelo que era veneno, se superpuso a la de Dante. Mis uñas se clavaron en sus antebrazos en un intento inútil de apartarlo, mientras un sollozo violento, de los que rasgan el pecho, se me escapó. Me sentía sucia. Me sentía la mujer más estúpida del mundo por haber entregado mi lealtad al hombre que había marchitado a mi padre desde adentro.

Podía aceptar que Brenan me hubiera traicionado, que intentara matarme para quedarse con mi empresa y que me hubiera sido infiel. Eso era odio, y el odio se puede entender. Pero qué hubiera matado a mi padre mientras me veía llorar su pérdida... eso era otro nivel de monstruosidad. Me había dejado consolar por el asesino de mi propia sangre, mientras él se sentaba en el despacho de mi padre y yo era borrada del mundo… 

Sentí que mi corazón latía errático y se sentía pesado. 

Entonces mi odio hacia Brenan se trasladó a este hombre. Al mismo que me sostenía y parecía ser tan mald1tamente cruel como todos los que había conocido. 

—¿Por qué...? —logré articular entre dientes, con las lágrimas quemándome los ojos pero negándome a que cayeran. Mi cuerpo temblaba de rabia, deseé que Eva estuviera de mi parte y quisiera salir para desgarrarle la garganta a este hombre—. ¿Por qué me dices esto ahora? ¿Para que me rompa del todo?

—Porque quiero que dejes de verme como tu enemigo y empieces a verme como tu única salida —sentenció él, acercándose tanto que sus labios rozaron los míos. Podía sentir su aliento en cada respiración, pero mi corazón latía desenfrenado en el pecho con un dolor que apenas me dejaba tomar mi siguiente bocanada—. Tu loba ya ha elegido, Effie. Ahora te toca a ti ¿Quieres morir como un fantasma o renacer para ver cómo desangramos juntos a los que te traicionaron?

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