El Alfa Mafioso me marcó como su Luna
El Alfa Mafioso me marcó como su Luna
Por: samanthajaksic
Capítulo 1

El mundo se reducía al crujido del metal retorciéndose bajo el calor y al siseo de las llamas devorando la tapicería. El aire era puro veneno. Cada bocanada de humo me quemaba los pulmones, pero el dolor físico no era nada comparado con el vacío abrasador en mi pecho. A través de la ventana astillada, vi las luces traseras de un coche alejándose bajo la lluvia torrencial. Brenan, mi prometido, me había dejado allí para ser consumida por el fuego mientras huía con su amante. Me habían abandonado en esa trampa de hierro para que las cenizas ocultaran su traición.

El sudor me escocía en las heridas abiertas, mezclándose con la sangre que bajaba por mi frente. Intenté moverme, pero mi cuerpo no respondía. El impacto contra el árbol había dejado mis músculos desconectados de mi voluntad, una cáscara rota que solo podía esperar a que el fuego terminara de devorar el oxígeno. Mi corazón golpeaba contra mis costillas con un ritmo errático y violento, un tambor desesperado que se negaba a aceptar que el final estaba tan cerca. Quise gritar, quise maldecir el nombre de Brenan hasta desgarrarme la garganta, pero de mis labios solo escapó un sollozo ahogado por la ceniza.

Afuera, la tormenta rugía con una furia implacable. Escuchaba el sonido del traqueteo frenético de la lluvia golpeando el techo de la carrocería, un sonido metálico y rítmico que parecía burlarse de mi situación. Las gotas chocaban contra el metal ardiente, evaporándose al instante en nubes de vapor que nublaban aún más mi vista, pero el agua no era suficiente para apagar el hambre del fuego que devoraba el motor estampado contra aquel árbol milenario.

La noche era una boca de lobo, una negrura absoluta que solo se rompía por los destellos anaranjados de mi propia muerte. La lucha comenzó a desvanecerse. El pánico que antes me hacía sacudirme con fuerza fue reemplazado por una pesadez extrañamente seductora. Mis extremidades dejaron de doler, volviéndose ligeras, casi etéreas, como si mi alma estuviera empezando a desprenderse de la carne quemada.

«Ríndete», susurró la oscuridad en mi oído.

Mis párpados pesaban toneladas. Estaba a un latido de entregarme, de dejar que la inconsciencia me borrara de este mundo de traidores, cuando el cristal de la ventanilla estalló.

El sonido fue como un disparo en mitad de mi agonía. No fue la presión del fuego lo que rompió el vidrio, sino un golpe seco y devastador. A través de la cortina de humo, una sombra imponente se filtró en mi campo de visión. Un par de manos grandes, enfundadas en cuero negro y cargadas de una fuerza que desafiaba cualquier lógica, se hundieron en el habitáculo.

Esas manos no vacilaron cuando destrozaron el cinturón de seguridad y luego me sujetaron con una firmeza implacable, arrancándome del asiento con una facilidad inhumana. El movimiento me hizo soltar un quejido ronco mientras sentía cómo me alejaba del rugido de las llamas. Lo primero que golpeó mis sentidos fue el frío violento de la lluvia estrellándose contra mi piel, y lo segundo, un aroma que cortó la neblina de mi mente: sándalo, pólvora y un rastro de algo salvaje que hizo que mi loba, hundida en lo más profundo de mi consciencia, abriera los ojos de golpe.

Me apretó contra su pecho, un muro de músculo y calor que vibraba con una autoridad que nunca había sentido antes. Por encima del estruendo de la tormenta, escuché su voz. Una nota baja, posesiva y letal.

—Te tengo —gruñó, y el sonido retumbó en mis propios huesos—. Mírame. No te he sacado del infierno para que te mueras ahora.

Traté de enfocar la vista, esperando encontrar el rostro de un rescatista, pero lo que vi me detuvo el corazón. Sus ojos no eran normales. Bajo la lluvia y el resplandor de las llamas, brillaban con un fulgor dorado y salvaje que solo pertenecía a nuestra especie. El gruñido que vibraba en su garganta no era de esfuerzo, sino una advertencia territorial para el mundo entero.

Era uno de nosotros. Y su aroma, una mezcla embriagadora de peligro, inundó mis sentidos, reconociendo a la loba herida que aullaba débilmente dentro de mí. Él no sabía mi nombre, ni que yo era la heredera que Brenan acababa de traicionar, pero su instinto fue más rápido que su piedad.

Sus dedos se enterraron en mi pelo y mi piel ardiente, me obligaron a exponer la garganta mientras su mirada se clavaba en mi piel desnuda con una hambre que me hizo estremecer.

—El destino acaba de entregarte a mí —susurró contra mi oído, su aliento caliente chocando contra mi piel mojada y lacerada—. Y yo no comparto lo que el destino pone en mis manos. A partir de este segundo, me perteneces. Eres mía.

Antes de que la negrura me tragara por completo, sentí un pinchazo abrasador en la base de mi cuello. No fue un mordisco de auxilio, sino una reclamación violenta y sorpresiva. Un fuego líquido que inyectó su esencia en mis venas y me encadenó a su voluntad para siempre. En ese último instante de lucidez, lo comprendí con terror y una fascinación que me quemaba por dentro: Aquel desconocido me había marcado como su Luna sin siquiera saber quién era yo, y yo me hundía en la inconsciencia sabiendo que, a partir de hoy, mi vida ya no me pertenecía. 

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