Mundo ficciónIniciar sesiónNo pude pegar el ojo en toda la noche.
Cerrar los ojos era invitar a las llamas y al rostro de Brenan a mi mente, pero lo que era aún peor, era sentir todavía la presión de los dedos de Dante en mi nuca. Pasé la mayor parte de la madrugada mirando un punto fijo en el techo, dejando que las lágrimas resbalaran hasta perderse en la almohada.
Recordaba una y otra vez cómo se había marchado Dante. Después de soltarme la bomba sobre el envenenamiento de mi padre y darme ese ultimátum de sangre, el aire en la habitación se volvió irrespirable. No le creí, o al menos me obligué a no hacerlo. Se lo grité en la cara con el alma rota, llamándolo mentiroso y oportunista mientras intentaba desesperadamente borrar el rastro de su aliento de mis labios. Él no se inmutó ante mi furia.
Intentó acercarse, quizá para consolarme o quizá para reafirmar su dominio, pero lo rechacé con un empujón cuando pude recuperarme.
Él solo me miró con esa frialdad impenetrable antes de retirarse con el eco de su propuesta.
Él no necesitaba que yo creyera en su verdad. Sabía que el veneno de la duda ya estaba corriendo por mis venas.
En cuanto escuché el clic de la puerta, la adrenalina me golpeó. Me levanté de la cama como pude, ignorando el temblor de mis piernas, y me lancé hacia la salida. Necesitaba aire, necesitaba correr, necesitaba estar en cualquier lugar que no fuera bajo su techo. Pero incluso cuando giré el pomo, este no cedió.
Golpeé la madera pesada con los puños, ignorando el dolor en mis costillas. Grité insultos que no sabía que conocía, maldiciendo con toda mi alma. Pero no volvió, ni siquiera respondió.
Me quedé allí, apoyada contra la puerta fría, hasta que las piernas me fallaron y terminé llorando en el suelo, derrotada por mi propia debilidad. Arrastrarme de vuelta a la cama fue la tarea más difícil de mi vida.
Ahora, mientras el sol comenzaba a filtrarse por las cortinas traslúcidas, la habitación se llenaba de una claridad que me lastimaba los ojos. Mi mente era un caos de planes desesperados. Tenía que salir de aquí, tenía que encontrar las pruebas de las que Dante hablaba o, mejor aún, encontrar una forma de desenmascarar a Brenan antes de que borrara todo rastro de mi existencia...., si es que ya no lo había hecho. Pero ¿cómo? Estaba herida, legalmente muerta y marcada por un hombre que no comprendía.
El sonido metálico del desbloqueo de la puerta interrumpió mis pensamientos. Escuchar cómo el cerrojo se descorría desde fuera me recordó mi condición de prisionera. Era la misma enfermera de ayer. Se acercó a la cama en un silencio denso arrastrando un carrito de desayuno. Lo dejó junto a la cama ante de ir a lavarse las manos y preparar todo para cambiarme las vendas del brazo.
—La herida está cerrando bien —informó ella mientras retiraba la gasa vieja con una delicadeza que contrastaba con la tensión del ambiente—. No hay signos de infección. La piel nueva está rosada, es una buena señal. El doctor vendrá luego a revisarla personalmente, señora Scianna.
Me tensé al escuchar ese apellido, pero intenté no centrarme en eso. En cambio, estaba concentrada en como ella aplicaba el ungüento frío. La incomodidad era casi tangible entre ambas, lejos del alivio que mostró ayer cuando abrí los ojos. Aunque no la culpo, tiene a un b4stardo energúmeno de jefe.
Yo sentía que ella tenía tanto miedo de hablar como yo de preguntar. Pero necesitaba romper ese aislamiento.
—¿Cómo te llamas? —dije finalmente, tratando de suavizar el tono.
La mujer se detuvo en seco. Me miró un segundo, sorprendida de que me dirigiera a ella, antes de bajar la vista.
—Elena, señora —murmuró.
—Elena —repetí, intentando buscar sus ojos—. Gracias, Elena. Por cuidarme... y lamento lo de ayer. Me desperté desorientada…, es lo que le hace a uno estar quince días dormida.
Intenté bromear, pero ella asintió apenas, terminando de asegurar la venda con rapidez. Necesitaba un puente con el exterior, cualquier cosa que me devolviera el control sobre mi propia vida.
—Elena... —la llamé, bajando la voz hasta que fue casi un susurro— Necesito pedirte un favor ¿Tienes un celular que me prestes? Mi… esposo —luché por no masticar la palabra mientras mantenía una sonrisa suave—, aún no me ha traído mi teléfono. Pero necesito hacer una llamada urgente. Es algo personal, nadie tiene por qué saberlo, te lo aseguro.
La enfermera dio un paso atrás de inmediato, alejándose como si hubiera soltado una granada. Su rostro se llenó de un miedo genuino. Miró hacia la puerta de madera pesada como si esperara que la sombra de aquel hombre se proyectara allí en cualquier momento.
—No... no puedo, señora Scianna —titubeó, y sus dedos empezaron a juguetear nerviosos con su delantal—. El señor Scianna dio órdenes muy estrictas. No se permite ningún teléfono en esta planta. Si él se entera de que intenté ayudarla... yo perdería mucho más que mi trabajo.
—Será un minuto, Elena, te lo prometo —insistí, tratando de parecer tranquila a pesar de mi frustración—. Solo quiero avisar de que estoy bien...
—Él solo intenta protegerla, señora —me interrumpió, y esta vez me miró a los ojos con una mezcla de lástima y advertencia que me revolvió el estómago—. Usted sabe cómo se pone el señor con la seguridad de esta casa. Para él no hay secretos, todo se sabe aquí dentro. Por favor, desayune. Él vendrá en unos momentos y se molestará si ve que no ha probado bocado. Ya sabe que no le gusta que lo desobedezcan.
Se dio la vuelta y salió casi huyendo, dejando que el cerrojo emitiera ese mald1to sonido metálico al encajar.
Me quedé mirando la bandeja de plata. Café, frutas, huevos, pancetas, pan recién horneado... Estaba viva, sí, pero prisionera en una mansión donde todos me llamaban por el nombre de un extraño, custodiada por un hombre que, al parecer, parecía tener ojos en todas partes.
Ignoré el desayuno. El hambre no era nada comparada con la necesidad de entender dónde me encontraba. Apoyé las manos en el colchón y me impulsé hacia arriba. No hubo dolor agudo en las costillas, solo una rigidez incómoda, pero mis piernas protestaron de inmediato. Se sentían pesadas, como si la gravedad hubiera decidido ensañarse conmigo tras dos semanas de inactividad.
Apreté los dientes.
Caminé hacia la ventana con pasos lentos pero decididos. El brazo quemado era lo que más me molestaba; la piel tiraba bajo las vendas que Elena había apretado con un celo excesivo, dejándome una sensación de hormigueo extraño en los dedos.
Cuando finalmente llegué y aparté la tela traslúcida, la luz del sol me golpeó de lleno. Lo que vi me hizo olvidar por un segundo que se suponía que estaba en un periodo de convalecencia.
Apoyé la frente contra el cristal frío y el aire se me escapó de los pulmones. Ante mis ojos se desplegaba un paisaje que parecía extraído de una finca histórica de la Toscana con una mezcla de un retiro aristocrático inglés. El jardín era una obra maestra de simetría y diseño floral. Senderos de piedra caliza blanca serpenteaban entre parterres de rosas de un rojo tan profundo que recordaba a la sangre, rodeados de setos de boj perfectamente recortados en formas geométricas.
A lo lejos, una fuente de mármol de tres niveles arrojaba agua, y más allá, una glorieta de hierro forjado blanco, cubierta de glicinas púrpuras, se erguía como un refugio romántico en mitad de tanta perfección. Había arbustos de hortensias y lavanda que aportaban manchas de color azul y violeta, creando una atmósfera de paz absoluta.
Pero esa belleza terminaba de golpe. Justo donde acababa el césped impecable, se alzaba una muralla impenetrable de pinos negros, tan densos y oscuros que parecían una barrera contra el mundo exterior. Más allá de los árboles, se alzaban montañas escarpadas cuyas cimas se perdían entre las nubes, creando un horizonte desconocido. No había carreteras, ni edificios, ni rastro de civilización. Por mucho que forcé la vista, no logré identificar ni una sola señal que me indicara en qué mald1ta parte del mapa me encontraba.
Estaba perdida en el dominio de un extraño.
—Si estás pensando en saltar, te aviso que la caída no te matará, pero el aterrizaje sobre mis rosas favoritas será mald1tamente doloroso. Y los jardineros son mucho menos pacientes que yo. Incluso si ahora eres la señora de la casa.
Me tensé al escuchar su voz.
Me giré con la pocas fuerzas que mis piernas me permitían.
Dante estaba apoyado contra el marco de la puerta, con los brazos cruzados y esa sonrisa ladeada que derramaba arrogancia. Lo que más me frustraba era que ni siquiera lo había escuchado entrar. ¿Qué demonios le pasaba a mi instinto de supervivencia cuando este hombre estaba cerca?
—No desperdiciaría mi vida en tus rosales —le espeté, manteniendo la barbilla en alto a pesar del temblor de mis piernas—. Y no soy la señora de nadie. Y mucho menos tu esposa, Dante.
Dante se despegó del marco de la puerta con una lentitud calculada. Vestía una camisa de lino negro con los primeros botones desabrochados. Sus pantalones oscuros, de corte impecable, acentuaban la potencia de sus piernas mientras caminaba hacia mí con la gracia de un depredador. El cabello de mi nuca se erizó y tuve que tragar en seco mientras más me fijaba en su aspecto. Este perverso espécimen, era demasiado pulcro para ser un salvaje, pero demasiado letal para ser solo un hombre.
Parecía que a Eva le encantaba contemplarlo, porque se removía inquieta en mi interior mientras más se acercaba.
¿Cómo podía el hombre que me había revelado el asesinato de mi padre verse tan impasible? Su mirada de obsidiana no me ofrecía consuelo, solo un reconocimiento gélido de mi debilidad.
Odiaba a Eva en este momento tanto como detestaba a Dante.
—El mundo cree que eres ceniza, pero los depredadores como Brenan tienen buen olfato para las mentiras —su voz bajó a un barítono profundo, vibrando en el aire cargado de la habitación.
Se cernió sobre mí, invadiendo mi espacio personal hasta que mis talones chocaron contra el zócalo del ventanal. Me pegué al cristal frío, buscando un alivio que no llegó, porque su calor corporal era una barrera infranqueable. Podía olerlo, ese espeso aroma a sándalo, cuero y ese aroma metálico, casi eléctrico, que desprendía. Detestaba que me hiciera sentir tan pequeña, atrapada entre la inmensidad del paisaje salvaje a mis espaldas y la tormenta que era él frente a mí.
—Mis hombres te llamarán así porque saben que tocarte a ti es declararme la guerra a mí.
—No soy una propiedad —siseé, aunque mi cuerpo traicionero se estremeció ante su cercanía.
—Para el mundo, no eres nada —me recordó él, inclinándose hasta que su aliento, cálido y con un leve rastro de café amargo, rozó mi mejilla—. Eres un fantasma. Y los fantasmas necesitan un nombre poderoso para que los vivos les tengan miedo.
Él atrapó mi barbilla con sus dedos, obligándome a sostenerle la mirada. Sus ojos brillaban con una intensidad posesiva que parecía querer devorar mi resistencia.
—Puedes odiar mi nombre todo lo que quieras, pero mientras estés bajo mi techo, eres la Señora Scianna. Y más te vale empezar a actuar como tal…
—¿Y tú qué eres, Dante? ¿El protector o el que simplemente espera el momento adecuado para reclamar el pago por su rescate? —encaré su mirada, intentando que mis ojos no revelaran lo mucho que mi pecho subía y bajaba.
Dante no respondió de inmediato. El silencio en la habitación se volvió pesado, cargado de una electricidad que me erizaba el vello de todo el cuerpo.
Sus dedos, que aún sostenían mi mentón, se movieron con una lentitud tortuosa. Deslizó el pulgar por la línea de mi mandíbula hasta alcanzar mi labio inferior, presionando con la fuerza justa para que mi boca se entreabrieran unos milímetros. Mi aliento chocando contra su piel cálida.
—Soy el hombre que va a cobrar cada centavo de esa deuda, Effie —sentenció, su voz hundiéndose en mi oído como una promesa inevitable—. Pero no lo haré mientras seas una mujer rota. Te cobraré cuando seas la Reina que debes ser, y entonces, me rogarás que lo haga.
Sus ojos bajaron a mis labios, fijos, hambrientos, como si estuviera decidiendo si tomarme allí mismo contra el cristal.
Me puse rígida al instante cuando se inclinó más sobre mí.
Sus dedos estaban calientes y su aliento, cargado de una promesa oscura, bañó mi mano cuando intenté, sin éxito, apartar la suya. Sentí el calor de mis mejillas ruborizadas, un contraste humillante con la frialdad de la ventana. Mi pulso se volvió irregular, golpeando contra mi cuello con una fuerza que él, con los dedos sobre mi piel, seguramente podía sentir perfectamente.
El calor de su cuerpo me envolvía, pero era la marca en mi cuello la que realmente me estaba traicionando. Empezó a latir, enviando punzadas de un fuego líquido que se extendía por mi columna. Había escuchado historias antiguas sobre los «destinados», leyendas sobre cómo la marca de un Alfa despertaba un anhelo tan feroz que borraba la voluntad de su Luna. Siempre creí que eran cuentos para justificar impulsos poco fiables, pero ahora mi cuerpo respondía a un hombre que apenas conocía con una urgencia que me daba miedo.
Sentí el peso de mis senos contra la tela del camisón y una punzada eléctrica en el vértice de mis muslos que me hizo apretar las piernas. Mi mente quería alejarse, pero mi piel gritaba por más.
Eva, mi loba, se removió en mi interior, reconociendo su poder con un deseo que me dio asco de mí misma. Ella no quería pelear en lo absoluto, solo quería que él eliminara la distancia y me reclamara.
Intenté desviar el rostro, tirando hacia un lado para romper ese contacto que me estaba nublando el juicio, pero la mano de Dante en mi mentón se volvió de piedra. No me dejó moverme ni un centímetro ni siquiera cuando intenté apartarlo presionando su pecho. Sus dedos apretaron con la fuerza justa para mantenerme de frente a él, obligándome a sostenerle la mirada. Sentí la aspereza de su pulgar volviendo a presionar mi labio inferior, recordándome que él tenía el control total de mis movimientos.
Deseaba morderlo, escupirlo e incluso insultarlo, pero me daba miedo que Eva tomara mi lugar. Mi loba estaba completamente seducida por él y parecía intuir mis intenciones, porque gruñó con fuerza en mi mente, un sonido vibrante y posesivo que me sacudió por dentro. Era como si el mero pensamiento de querer lastimarlo fuera una traición imperdonable para ella.
A diferencia de otros miembros de mi manada, que parecían vivir en armonía con su ser animal, Eva y yo nunca habíamos tenido un vínculo completo. Yo siempre la había considerado una fuerza invasiva, algo que debía ser controlado y silenciado para mantener mi humanidad intacta. Apenas la dejaba salir a la superficie, prefiriendo siempre llevar yo las riendas de mis impulsos. Pero ahora, ante la cercanía de Dante, ella estaba ganando una fuerza que no sabía cómo frenar. Me aterraba que, si intentaba atacarlo físicamente, ella aprovechara la grieta en mi voluntad para tomar el control y entregarse a él.
Esa lucha interna me dejó exhausta, con el pecho subiendo y bajando mientras mis dedos se clavaban en sus hombros, no para empujarlo, sino para no estar a punto de desplomarme.
Dante pareció notar mi batalla. Sus ojos bajaron un segundo a mis manos aferradas a su camisa y luego volvieron a los míos. Su mirada se suavizó apenas un matiz, aclarándose hacia ese tono miel quemada con pintas doradas cuando vio que mi resistencia se estaba quebrando, no ante él, sino ante mi propia naturaleza.
—¿Ves? —se burló, su aliento rozándome—. Ni siquiera tú misma estás de tu lado, Effie.
Esa frase fue el detonante. Me dolió más que cualquier golpe, porque era verdad. Mi propia loba me estaba vendiendo. Pero el orgullo de los Blackwell no se rinde tan fácil, y el calor que subía por mi cuello se transformó en una chispa de rabia pura. Desesperada por romper el hechizo antes de que mis manos subieran solas a su cuello para obligarlo a consumir el escaso espacio que nos separaba y poder probar el sabor de sus labios, solté lo primero que me vino a la mente, con un tono forzado y mordaz.
—Parece que invadir mi espacio personal es tu pasatiempo favorito, Scianna —logré articular, aunque mi voz sonó más ronca de lo que pretendía—. ¿O es que tu manada no te enseñó lo que significa la palabra distancia?
—La distancia es un lujo que no puedo permitirme contigo —respondió con una ironía letal.
Luego me soltó y se alejó de golpe, recuperando su porte intimidante y dejándome temblorosa mientras la burbuja de calor que nos rodeaba se rompía.
Mi corazón era un tambor, mi piel estaba erizada y sentía una pulsación incómoda entre las piernas, pero agradecí el espacio extra que me dio cuando me dio la espalda, yendo hasta la puerta.
Mis rodillas temblaban mientras intentaba recuperar la compostura, tocando con la punta de los dedos la marca que no dejaba de latir en mi cuello.
Me volví a erguir cuando lo vi regresar.
Pensé que se marcharía, pero me sorprendió darme cuenta de que solo fue a recuperar, junto a la puerta, una pesada bolsa de cuero que no había notado antes. La recogió con un movimiento fluido y regresó hacia la cama, lanzándola sobre la colcha.
—Ni siquiera has tocado el desayuno —recriminó, viendo los platos intactos, y su voz recuperó esa autoridad, mientras desempacaba—. Si pretendes enfrentarte a lo que viene, vas a necesitar más que orgullo para mantenerte en pie.
Dejó un conjunto de ropa contra el colchón y luego sacó un manojo grueso de manila que llamó mi atención.
—Vístete, Effie. No te he traído aquí para que seas un adorno o para que te mueras de hambre por pura terquedad.
—¿Qué es esto? —interrogué, mientras me acercaba a la cama con las piernas aún un poco inestables, ignorando su orden y, por ende, la ropa.
El papel del sobre crujió bajo mis dedos mientras lo abría y sacaba dos carpetas gruesas y pesadas que dejé sobre la cama.
—Dijiste que no me creías —respondió él, con una voz plana, desprovista de emoción—. Ahí tienes la realidad.
Lo primero que vi fue una fotografía de un documento oficial con el sello de la morgue estatal. Debajo, una gráfica mostraba niveles de una toxina sintética: un inhibidor cardíaco que mi padre jamás habría tomado por voluntad propia. No comprendía ni la mitad de todos los términos que estaban plasmados en el papel, pero sí las notas manuscritas que el médico había dejado en los márgenes.
Pasé a la segunda carpeta con dedos torpes y helados. Allí, los movimientos bancarios hablaban por sí solos. Había nombres subrayados con trazos agresivos, entidades bancarias en paraísos fiscales que jamás había escuchado y una red de transferencias a cuentas extranjeras que se movían bajo conceptos que no lograba reconocer. Había transacciones que se remontaban a meses antes de la muerte de mi padre, un goteo constante de capital que se filtraba fuera de la compañía Blackwell sin que nadie levantara una ceja. Mis ojos se detuvieron en un nombre específico: el del médico que me había anunciado la muerte de mi padre con una expresión de fingida pesadumbre, receptor de la última y más cuantiosa de esas transferencias.
Contuve el aliento.
Aquella semana entera se reprodujo en mi mente como una cinta de película dañada y fuera de foco. Me vi a mí misma en el pasillo del hospital, rodeada de paredes blancas que parecían cerrarse sobre mí mientras el médico pronunciaba palabras que yo no quería procesar. Estaba tan entumecida por la pérdida que apenas podía mantenerme en pie, incapaz siquiera de sostener una pluma para firmar los trámites de la autopsia o los certificados de defunción.
Brenan había sido quien se encargó de todo.
Todo fue un borrón de días grises y noches sin sueño, desde el momento en que me anunciaron que el corazón de mi padre se había detenido hasta el funeral.
Recordaba el peso del brazo de Brenan rodeando mis hombros con una firmeza que en ese entonces confundí con lealtad. Él era quien respondía a las llamadas, quien organizaba el servicio, quien se encargó de filtrar la noticia a la prensa de manera que fuera respetuosa. En el cementerio, mientras una procesión de rostros desconocidos desfilaba frente a mí dándome pésames vacíos y palabras de consuelo que se perdían en el viento, él se mantenía pegado a mi costado. Sentí que su pecho era el único lugar seguro del mundo, creyendo que su protección era lo que me mantenía cuerda en medio del caos, cuando en realidad solo estaba asegurándose de que yo no viera lo que él estaba enterrando junto con el ataúd.
Él me sostuvo en su abrazo mientras el forense, con el bolsillo lleno de su dinero, declaraba que la muerte había sido por causas naturales.
Un estremecimiento violento me sacudió. El horror de haber buscado consuelo en el pecho del hombre que había orquestado todo me provocó una náusea insoportable. No fue solo un asesinato, fue una profanación absoluta de mi duelo.
—Él no solo quería la empresa —señalé, sintiendo cómo el odio reemplazaba finalmente la agitación que Eva me provocaba como si, la realidad, ya dolorosa de aceptar, fuera como otro golpe—. Quería borrar todo el linaje mientras yo le daba las gracias por sostenerme.
—Y casi lo logra —sentenció Dante. Se mantuvo de pie junto a la cama, observándome con los brazos cruzados. Su tono era cortante, sin una pizca de compasión, como si estuviera esperando a que yo terminara de asimilar el golpe para poder seguir con sus planes—. Pero cometió un error. No contó con que yo estaba vigilando sus movimientos desde mucho antes de que decidiera matarte.
Un calor ácido me subió por el pecho. Me mantuve firme al lado de la cama, ignorando el temblor que amenazaba con traicionar mis piernas, y lo encaré con la carpeta aún apretada contra mí como un escudo.
—¿Desde mucho antes? —mi voz salió más afilada de lo que esperaba—. Estas transacciones empezaron hace más de un año. Hay nombres aquí que ni siquiera reconozco y bancos en el extranjero a los que mi padre nunca habría enviado dinero. Si sabías que Brenan estaba robando a mi padre sistemáticamente, si sabías que estaba manipulando las cuentas mucho antes de llegar a los informes médicos... ¿por qué no hiciste nada? ¿Por qué dejaste que lo matara?
—¿Y qué esperabas que hiciera, Effie? ¿Que irrumpiera en tu despacho para decirte que tu prometido era un ladrón y un asesino en potencia? —Dio un paso hacia mí, y su sombra pareció tragarse la luz del sol—. No sabías quién era yo. Para ti, yo ni siquiera existía. No habrías creído ni una palabra de lo que saliera de la boca de un extraño. Habrías corrido directamente a los brazos de Brenan para buscar consuelo, y él te habría eliminado el mismo día en que le pidieras explicaciones.
—Pudiste advertirme —insistí, aunque mi propia lógica flaqueaba ante la cruda realidad de sus palabras.
—Tu padre tomó sus propias decisiones cuando decidió hacer tratos con hombres como yo para intentar cubrir los agujeros que Brenan ya le estaba dejando —explicó, mientras su voz bajó a un barítono profundo—. Yo no soy el guardián de la moral de nadie. Solo intervengo cuando mis intereses están en riesgo. Y Brenan se convirtió en un riesgo en el momento en que decidió que podía quedarse con tu legado sin pagar la deuda que Matthews me dejó pendiente.
Una punzada de animadversión pura, un rechazo que me quemó la garganta, creció dentro de mi pecho contra él. El odio que sentía por Brenan era una cosa, pero lo que sentía por Dante en ese momento era una traición de otra clase. ¿Cómo se atrevía a decir que me había reclamado, que era su Luna, que yo le pertenecía, y aun así haber permitido que todo eso ocurriera? Me había observado desde las sombras mientras mi mundo se desmoronaba, viendo cómo envenenaban a mi padre y cómo me conducían a una trampa mortal. Todo porque no era el «momento oportuno» para sus intereses.
Me sentí como una pieza de ajedrez que él había dejado sacrificar solo para poder capturar al rey contrario.
—Eres un monstruo —solté con asco.
Dante no se inmutó.
Sus ojos brillaron con una intensidad gélida.
Por un segundo, algo en su mirada flaqueó. La mandíbula se le tensó y esa máscara de frialdad absoluta pareció agrietarse, dejando entrever una sombra de algo que distinto e indómito que no logré descifrar. Fue apenas un parpadeo, una debilidad que desapareció tan rápido como llegó.
Se tragó cualquier rastro de duda y sostuvo mi acusación sin un solo gesto de arrepentimiento.
Luego, simplemente se dio la vuelta y caminó hacia la salida. Se detuvo en el umbral y puso la mano sobre el pomo de la puerta, pero antes de abrirla, giró ligeramente la cabeza, mirándome de reojo por encima del hombro.
—En diez minutos te quiero abajo —demandó con frialdad—. Vamos a recibir una visita que Brenan cree haber enterrado hace años.
—No iré a ninguna parte contigo —le devolví, aunque mi propia voz me traicionó al sonar más curiosa que firme.
—Si quieres recuperar tu nombre, vas a tener que empezar a actuar como la mujer que el mundo cree que murió en aquel coche.
Un escalofrío de anticipación me recorrió la columna. A pesar del odio que le profesaba a Dante, la posibilidad de obtener una pieza del rompecabezas que Brenan había ocultado era más fuerte que mi orgullo. Necesitaba saber. Necesitaba entender quién podía ser tan peligroso como para que mi ex prometido, el hombre que se suponía debía protegerme, lo diera por muerto.
—¿Quién viene? —exigí, dando un paso involuntario hacia él, olvidando por un segundo que hace un momento quería desgarrarle la garganta.
Dante terminó de girarse lo suficiente para dedicarme una sonrisa glacial, una que no llegaba a sus ojos y que hizo que mis dedos se clavaran con fuerza en la carpeta que aún sostenía contra mi pecho.
—Alguien que te recordará que, en este mundo, los muertos son los únicos que dicen la verdad.







