Y fue Adrianna quien, en un acto de valentía, acortó la distancia y posó sus labios sobre los de él. El beso fue suave al principio, como una caricia apenas insinuada, pero pronto se volvió más profundo, cargado de todo lo que no podían decir con palabras.
Paolo la sostuvo con delicadeza, pero también con una pasión contenida que ahora encontraba salida. Adrianna sintió que el mundo desaparecía, que los fantasmas se disolvían, y que en ese instante solo existían ellos dos, latiendo y sintiendo