El día siguiente amaneció con una extraña pesadez en el aire, como si el propio viento trajera susurros de una condena inminente. Para media mañana, todo el castillo lo sentía: un peso que se abatía sobre los muros y sobre el corazón de cada lobo que caminaba por sus pasillos.
El silencio de la corte se vio interrumpido únicamente por los pasos apresurados de un mensajero, que llegaba con el pecho agitado, como si hubiera corrido kilómetros sin detenerse.
Cayó de rodillas ante el trono, donde A