Aldus respiró hondo, intentando calmarse. Apretó la mandíbula, pero cuando se movió, lo hizo con una contención sorprendente. Extendió la mano y la envolvió con la suya, grande y cálida. Sin decir palabra, intentó guiarla hacia la salida.
Pero en el instante en que sus pieles se tocaron, Livia se apartó de golpe. No sintió calor, sino fuego, una quemadura que le caló hasta los huesos. Retiró la mano bruscamente, como si el contacto la hubiera abrasado.
Aldus se quedó inmóvil. Lentamente, volvió