—¡Basta!
El líder del Consejo de Ancianos se puso en pie, arrastrando sus túnicas plateadas, y alzó su bastón. Una onda de poder se expandió por la sala, acallando a la multitud al instante. El eco de la orden vibró en los huesos de cada lobo presente, obligando a todos a inclinar la cabeza y a contener la voz.
El silencio que siguió fue casi insoportable.
Los ojos del Anciano, afilados y milenarios, recorrieron la estancia hasta posarse en Livia. La estudió con la quietud de un depredador, con