Esa noche, la Manada Luna de Sangre estaba inusualmente tranquila. Desde su habitación, Livia solo podía oír los aullidos distantes de los lobos resonando en el bosque: recordatorios inquietantes del mundo en el que estaba atrapada.
La luz de la luna se filtraba por la ventana, suave pero fría, bañando la estancia de sombras plateadas.
El sueño se negaba a llegar.
Livia yacía en la cama, rígida bajo las sábanas. Cada vez que cerraba los ojos, aparecía en su mente la imagen de lo que sucedería e