La sala aún resonaba con la orden del Rey y el Anciano cuando Aldrake se dejó caer pesadamente en su asiento, con la mandíbula tensa por una furia silenciosa. La humillación le corroía el orgullo hasta dejarlo en carne viva; nunca antes había sido acallado de forma tan pública y despiadada, ni siquiera por sus iguales.
Tenía los hombros rígidos mientras los murmullos recorrían el salón: unos se burlaban de su caída, otros temían su creciente ira. Pero no se atrevió a mirar de nuevo al Rey; el p