La habitación volvió a quedar en silencio, roto únicamente por su respiración entrecortada.
Livia permanecía inmóvil, con la mente en blanco y el corazón latiendo con tanta fuerza que creía que podría romperle el pecho.
No podía creerlo. Había pensado que era ella quien se estaba enamorando. Pero había sido el Rey —el frío, inalcanzable y despiadado Aldus— quien había caído con más fuerza y profundidad, de una manera que la aterrorizaba más que cualquier otra cosa.
La puerta se cerró tras Aldus