La fotografía seguía en mi mano.
Mis dedos temblaban.
No podía dejar de mirarla.
La niña.
Yo.
No había duda.
—Señorita… ¿está segura de que está bien? —preguntó uno de los guardias.
No respondí de inmediato.
—Sí —dije finalmente—. Estoy bien.
Mentira.
No estaba bien.
Nada estaba bien.
—¿Dónde está el intruso?
Miré la ventana abierta.
—Se fue.
Los hombres intercambiaron miradas.
—Vamos a revisar el perímetro.
Asentí sin decir nada.
En cuanto salieron de la habitación, el silencio volvió.
Miré la