Las puertas de los autos se abrieron al mismo tiempo.
El sonido fue seco.
Coordinado.
Peligroso.
Me quedé completamente inmóvil en medio de la calle, con el corazón latiendo con fuerza.
Las luces me cegaban un poco, pero podía ver las siluetas bajando de los vehículos.
Hombres.
Varios.
Demasiados.
—No corras —dijo una voz desde uno de los autos.
Masculina.
Fría.
—No estás en posición de hacerlo.
Mi cuerpo se tensó.
No era Nikolai.
No era Adrián.
Esto era otra cosa.
Algo peor.
—¿Quiénes son uste