El aire en el muelle estaba viciado por el olor a lodo y combustible. Vincenzo De Luca habló con frialdad, mientras sus hombres apuntaban al pecho de Elara.
— El chip, sobrina — demandó — Entrégalo o Lorenzo muere antes de que parpadees.
Elara sacó el microchip del bolsillo, sosteniéndolo sobre el agua oscura. Dante, a su lado, mantenía el pulgar sobre un detonador remoto, con la mirada fija en Alejandro.
— ¡Si lo quieres, ven a buscarlo al fondo del agua! — gritó, cerrando el puño y haciendo e